Capitulo 6

 Capitulo 6

Las cosas del querer

Demóstenes no es un mal portero de zaguán pero tiene un vicio que le supera y que estuvo a punto de llevarlo a cumplir condena en la provincial. Le salvaron la habilidad de su abogado y sus propias aportaciones jurídicas. Ya comenté que era aficionado a las series de abogados y coleccionaba términos jurídicos en una libreta de tapas azules. Se compró un memento impresionante y solía leer unas páginas cada noche a la luz de la lamparilla de la mesita.  Le relajaba como una valeriana caducada.

Pero su verdadero vicio era muy grande.

Técnicamente, a su vicio lo llaman “Síndrome de Diógenes” pero es, en realidad, una gran guarrada. No llega a los límites de los hermanos Collyer de Nueva York pero todo llega. Para comparar su gran guarrada con la guarrada enorme de los Collyer hay que estar muy enfermo.

Cuando él creía que nadie le observaba y al amparo de la oscuridad se dedicaba y aún lo hace, estoy seguro, a escudriñar y rapiñar nuestros despojos guardándose lo que creía oportuno y le apeteciera. Uno de esos días de farra volvía yo del Xanadú Deluxe cuando al doblar por Cánovas lo descubrí desvalijando la basura de María de las Mercedes, la vecina misteriosa del quinto. Supe inmediatamente que era la de María de las Mercedes porque es la única que utilizaría bolsas de Louis Voutton para tirar la basura, los demás usamos las propias del mercadona.

Parecía sostener una pieza de lencería fina que desde mi posición de observador entendí demasiado erótica para mi Maria de las Mercedes. ¿Quién sabe los misterios que encierra una casa?. Cuando me vio acercarme Demóstenes, desvelado su vicio, no pudo disimular. “La gente es que tira de todo, incluso paños de cocina”. No, no era un paño de cocina y él lo sabía perfectamente.

No tuve más remedio que denunciarle por violación de la intimidad. Así ,con el paso del tiempo, me gané un enemigo más y los vecinos de mi edificio se volvieron mucho más cuidadosos con los desperdicios. Hubo quien pensó que sólo era una enfermedad psicológica pero yo que creo conocer a las personas cuando las trato de tu a tu; sabía que Demóstenes sabía mucho más de nosotros que nosotros mismos. Por sus basuras los conoceréis, le oí decir en una ocasión al Joan Manuel, y efectivamente así era.

La comunidad de vecinos no tuvo más remedio que cumplir la sentencia dictada por el señor juez readmitiendo a Demóstenes en su puesto de trabajo puesto que, según entendió el puñetero, la basura una vez que sale del domicilio particular se convierte en un bien social, con lo cual el primero que la pille el primero que se la queda y que dada dicha laguna jurídica al respecto, no podía considerarse intimidad de nadie.

Siempre he presentido que Demóstenes guardaba una ficha pormenorizada de todos nosotros con información que pudiera utilizar en algún momento en su beneficio. Estábamos todos atrapados por la información que obraba en sus manos. Quien sabe, quizás a alguno de los vecinos le estuviera chantajeando ya. Mis vecinos como los de cualquiera son, en principio, buena gente pero una vez que uno se encierra en su casa y en su circunstancia las personas nos transformamos en otros seres, machos y hembras, capaces de cualquier cosa, incluso del vil crimen.

A Demóstenes no se le conocía relación íntima pero en esas conversaciones de ascensor en las que los vecinos nos sinceramos súbitamente, hubo de aquel que me contó de la visita a horas intempestivas de señoritas de la buena vida (de la buena vida de otros). Visitas que se prolongaban por espacio de una hora aproximadamente y que al cabo de ese tiempo la joven y Demóstenes salían del edificio entre risas y tumbos en dirección al Xanadú Deluxe. Otros opinaban que esas canas al aire que Demóstenes no prodigaba en exceso ocultaban un amor platónico con una verdadera mujer que le había despreciado por su condición laboral más que por su atractivo físico. Demóstenes no era feo, algo desagradable físicamente, pero no hasta el punto de ser feo. Era un hombre extrañamente normal.

Recuerdo que durante el juicio Demóstenes aseguró repetidamente que él no robaba la basura de todos los vecinos. Esta declaración junto a los comentarios de ascensor me hicieron llegar a la conclusión de que el objeto del deseo de Demóstenes era mi Maria de las Mercedes.

No es que fuera nada mía la Maria de las Mercedes, pero me gustaba esa forma de llamarla, era como estar cerca de los Dioses del Parnaso, cerca de la divinidad griega, cerca de un mito sexual prohibido y adivinado, de curvas y sexos ocultos bajo las blusas  bordadas de pedrería y encajes. Al otro lado del telón de acero de sus faldas y sus medias se adivinaba, siempre, incluso en los momentos más lúdicos e informales, un contorno marmóreo pero altamente abrasivo. Para sofocar los calores que provocaba en los vecinos cuando se producía un encuentro bis a bis en el ascensor con mi Maria de las Mercedes, ella sólo tenía que parpadear dejando que las oleadas de aire que mecían sus pestañas refrescaran la mente y los sentidos bajando caprichosamente la temperatura y presión arterial del individuo macho y, puede, que de alguna hembra.

El quinto izquierda tenía un felpudo rojo de fibra de coco con el contorno de un osito de peluche; me imagino que pisar ese felpudo era como la antesala de la lujuria y el deseo. Al menos eso me había imaginado yo hasta que un día, una tarde de mayo, mi María de las Mercedes llamó a mi puerta.

Cuando por la mirilla la observaba vestida de negro riguroso con un velo rejilla que le cubría media cara y un sombrero casquete, noté como el corazón  me pasaba de cero a cien y mis manos rezumaban sudor. Me repeiné, me arreglé la corbata y abrí la puerta.

-Querido vecino- me dijo- ha fallecido mi ama de cría

-No sabía que tuviera usted hijos

-Es la madre de mi perra

-Vaya

-Necesito que me haga usted el favor de cuidarme al cachorro, no quiero que pase por el trance de ver como incineran a su madre, es muy joven todavía para ver en lo que nos convertimos cuando morimos. Prefiero que la recuerde paseando por el parque.

-La comprendo

-Estoy destrozada.

-Tranquila, la entiendo perfectamente, pierda cuidado, cuidaré de su perra con todo mi cariño pero ¿no la ha subido?

-No, no soportaría un cambio de ambiente tan radical. El ruego conllevaba que se traslade usted a mi piso, al menos, durante esta tarde. Regresaría sobre las diez de la noche, quizás luego podamos cenar algo en compensación.

Al fin la vida me sonreía. Había sido invitado a habitar la morada de esa diosa de la imaginación y el vicio inventado.

Era como si la perra entendiera la situación.

Se quedó recostada sobre su alfombra junto al ventanal y no se levantó ni para sus necesidades fisiológicas naturales. De vez en cuando, mientras yo revolvía todos y cada uno de los cajones de la vivienda, la perra me miraba como diciendo, frío, frío.

Cuando detrás de uno de los cuadros del salón descubrí un pequeño estante oculto. Entonces la perra me miró para indicarme que me quemaba.

Anudada graciosamente por un lazo fucsia encontré un montoncillo de cartas abiertas y amarillas. No me atreví a deshacer el lazo por temor a que mi torpeza en esos menesteres delatara mi curiosidad. Lo único que vi, boquiabierto, fue el nombre de Demóstenes en el reverso del último sobre.

¡Así que era cierto!, Demóstenes bebía los vientos por mi María de las Mercedes. Pero, ¿habría conseguido beber algo más alguna vez?. De pronto me sentí absurdo y engañado.

Cuando volvió mi Maria de las Mercedes cenamos y tomamos de postre una noche loca de brut con fresas sobre el edredón de plumas de oca de su cama.

En resumen, Demóstenes tenía varias razones para odiarme y, lo que era más peligroso aún, tenía la llave maestra de todos los apartamentos. Demóstenes era, sin lugar a dudas, mi sospechoso número uno. Claro que según avanzaba en todo esto iban apareciendo más sospechosos.

Es increíble. Uno se cree durante toda su vida que es un hombre bueno pero es morirse , repasar lo hecho y te das cuenta de que siempre se hiere a alguien.

CUADERNO DE CAMPO

Sospechoso número 3: DEMÓSTENES GARCIA DE RIDRUEJO, alias Chacho, alias Travolta, alias Ironside

Juzgado por violación de la intimidad por hacerse usufructuario de nuestros despojos. Denuncia presentada por mí en el Juzgado de Primera Instrucción número 3 de Alicante

-Se debería hacer un registro domiciliario en busca del posible veneno. (Proveerse de mascarillas)

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