Capítulo 4

Capítulo 4

“Apoyao en el quicio de la mancebía”

 

 

A espaldas del edificio donde vivo hay un lupanar de nombre internacional y de renombre comarcal. Hasta principios de los años noventa al lugar lo llamábamos todos “La Trini”; así se llamaba la dueña. Aproximadamente a mediados de  1.992 cambió de dueño y de estilo aunque algunas de sus empleadas seguían siendo las mismas. Ahora se llama “Xanadu Deluxe”.

 Entré en  el antro un par de veces en mi vida  y la verdad es que las disfruté sin llegar a pagar por sexo explícito. Es curioso pensar ahora en las burradas que uno hace por sexo y las burradas que uno deja de hacer por amor. Que equivocados estáis los vivos. Yo también lo estuve hasta anoche. Ahora, como recién muerto que soy necesitaría tanto una señal de amor que por él daría mi tercera vida. Sin embargo el sexo, como queda en un plano más físico, ya no me llama la atención, incluso un beso es cosa pasajera. Una señal de amor queda.

 Lo cierto es que cuando visité el Xanadu Deluxe yo andaba más vivo que nunca y algo achispado por la cerveza. No recuerdo qué celebrábamos , quizás nada, quizás fue una canita al aire, el caso es que acabábamos siempre poniéndole billetes de veinte en el tanga a una chica que fumaba mientras bailaba y nos miraba con un desprecio burlón.

 En un movimiento curioso sus caderas se balanceaban de derecha a izquierda mientras unos incipientes michelines flácidos lo hacían de izquierda a derecha. Pensándolo ahora fríamente no entiendo que tipo de libidinoso enjuague nos emulsionaba a seguir berreando a aquella pobre muchacha que seguro que hubiera estado mejor en bata y zapatillas de felpa, tumbada en el sofá viendo “DECAEH”  (las iniciales de los programas de televisión vienen siendo un ridículo en un intento de dar un caché imposible a un gallinero de lentejuelas y fiestas de guardar –Donde Estas Corazón A Estas Horas-). 

 No sé cuántos güisquis bebí entonces pero tan aguado era que no nos hizo más reacción etílica que la que ya llevábamos en el cuerpo. Acabamos tendidos en unos sofás de sky negro agujereados de cigarrillos y dedos curiosos.

 Conforme acabó el numerito, un tipo alto y rudo pero de modales obscenos y una camisa abierta hasta el estómago que dejaba ver un gran crucifijo de oro y piedras de colores, se dirigió a la chica y casi sin mediar palabras la bajó de una oreja del escenario y le gritó hasta hacerla llorar.

 A este bestia parda de niño le llamaban Toni “el piernas”. Mercadeaba con golosinas y juguetes chinos a la puerta de su propio colegio. Cuando conseguía reunir la cantidad suficiente de dinero, lo invertía en apostar por sí mismo en carreras de barrio, una especia de media maratón de cuatro o cinco participantes, en las que se llegaba a mover una cantidad de dinero que oscilaba entre los cinco y los diez duros.

 El piernas era bastante más alto que los niños de su edad y no había, en su cuerpo, asomo mínimo de masa magra ni mucho menos de grasa. Pintado de oscuro hubiera pasado sin problemas por un corredor keniata participante de la San Silvestre capitalina.

 Así, carrera tras carrera, se ganó el apodo y una pequeña fortuna en monedas de cinco duros. Nunca se le hubiera ocurrido colaborar a la economía familiar. El sólo iba a casa como de acogida, a comer –no mucho- y , sobre todo, a dormir. Digamos que en su familia cada uno tiraba para un lado distinto y todos coincidían esporádicamente en la casa a la hora del almuerzo y a las horas del sueño.

 Nadie pensó nunca en cómo era posible que todos los días hubiera un plato de caliente para cada uno y que las sábanas de la cama, de vez en cuando, olieran a limpio. Nadie pensó en ello y el que, ocasionalmente, lo hizo llegó a la conclusión de que debía tratarse de un miembro de alguna ONG que atendía la casa con la precaución de no molestar a nadie.

 Uno de aquellos días de carrera El piernas volvía a casa cuando se encontró un tremendo alboroto de policía y ambulancia en la puerta. Dicen que aquella mujer que encontraron muerta en la cocina era su madre y quien la encontró, un hombre maduro y sucio era su padre. Los platos estaban en la mesa y la sopa todavía caliente, así que se sentó y comió. Había quedado pronto con Huan Li, su proveedor.

 Por esos lances que propicia la enajenación del alcohol me dirigí a aquel animal de la calle y las facas para increparle su actitud ante la señorita.  Seguía teniendo las piernas más grandes que ninguno y el cuerpo se había rellenado de esteroides y masa muscular. El piernas le seguían diciendo El piernas.

 El primer guantazo no me hizo daño pero me colocó en posición fetal sobre el suelo del lugar. Pronto cambié a la posición decúbito prono para luego más tarde apoyarme tembloroso sobre el suelo. Me levanté casi sin dolores en el cuerpo y le recriminé de nuevo. Ella me miraba extrañada, mis compañeros hacían apuestas. Este segundo guantazo ya me dolió como dos. Y en una pirueta indescriptible acabé al otro lado de la barra con la chaqueta rota por su mitad y la camisa con los botones perdidos.

 -Acabas de firmar tu sentencia de muerte- le dije- sabía que le decían El piernas por lo que calculé que la huída podría ser un mal mayor.

 La mirada de ella se tornó entonces esperanzada e incrédula y creo que incluso se apiadó de mi. Me vinieron a la cabeza como escenas de mi vida a todo color, las clases de kárate y aikido que recibí en el club de Pepe Terrons junto al arrabal, con sus pósters de Bruce Lee y vistas del Fujiyama.  Mantis religiosa, dar cera, pulir cera, la grulla.

 Cogí la escoba que estaba apoyada junto a la barra y la partí en dos con un golpe de rodilla que me dolió pero no lo aparenté. Hice un movimiento de rodillo y acabé en la posición del tigre blanco para luego iniciar un ataque similar al de la mantis religiosa. No me salió muy académico pero acabé dándole en el centro de la cabeza a unos dos centímetros de la raya milimétrica de su pelo. Le deshice el tupé y lo dejé ciertamente aturdido. Se me quedó mirando con mucha rabia hasta que, pasados unos segundos, el calentor del riachuelo de su propia sangre le corría por la frente. El piernas era el hombre más macho de todos los barrios en los que vivió pero tenía un problema grave, no aguantó nunca la visión de la sangre, según me dijo Maria Encarnación , la bailarina regordeta, así que cayó fulminado sobre el borde de la barra haciéndose una brecha que partiendo desde la ceja derecha le recorría el pómulo hasta alcanzar la comisura del labio. Acababa de ser marcado para todo el resto de su vida. Ahora le llaman al Piernas le dicen El Rajao, por esa graciosa cicatriz que le discurre por la cara. Dicen que juró matarme en algún momento, por eso siempre que salgo a la calle lo hago con zapatillas “Nike Air” por si surge la necesidad de salir corriendo delante de El Rajao. Siempre miro a ambos lados con cuidado y precisión y luego me adentro en la jungla del asfalto.

 No tengo esta hazaña como un éxito de mi vida pero reconozco que durante un tiempo en el barrio me saludaban y a mi paso oía siempre que decían: “ahí va, es él, el rajador”. Me hinchaba como un pavo.

 No volví al Xanadu Deluxe nunca más. Cambié de lupanar. No volví a tener noticias de El Rajao hasta unos meses después,  pero si de Maria Encarnación a la que me encontré un día en el supermercado y acabamos hablando de mandarinas dulces en mi cama.

 Nunca me gustó alardear de mis conquistas pero llegado a este punto y en este estado de recién muerto puedo decir que si bien no fueron muchas sí de calidad. Ninguna de ellas pidió el libro de reclamaciones.

 Reconozco , también, que supe apartarme a tiempo de algunas de ellas cuando observé que casi por olvido iban dejando objetos de higiene personal en mi piso. Es otra de esas estupideces que uno comete en la vida de las que nunca llega a arrepentirse del todo.

 

CUADERNO DE CAMPO

Sospechoso número 2: TONI alias “El piernas”, alias “El rajao”, alias “Palo Grande”

No es por alardear pero le pegué tal paliza que de seguro aún se acuerda, igual que yo. Su prestigio cayó en picado después de aquello pasando de proxeneta de lujo a portero sin pinganillo.

-En cualquier caso, evitar en lo posible un enfrentamiento cuerpo a cuerpo con él.

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