Capítulo 3

Capítulo 3

“Hoy puede ser un gran día, plantéatelo así”

Joan Manuel me dijo en una ocasión “no te fíes ni de tu padre”,  pero no le hice caso y siempre me confiaba en todo el mundo, quizás porque pensé que todos serían tan buenos como yo. Joan Manuel tenía un kiosco de prensa en Berrutti con Charlín y siempre manteníamos esas conversaciones que comienzan siendo inocuas y acaban por incendiar palacios arengando a transeúntes  al grito de –me cago en la puta mili- . No sé exactamente qué le paso a Joan Manuel en las milicias pero estaba claro que le tenía cierta ojeriza y no guardaba buenos recuerdos de aquello. Dejando de lado esos momentos en los que un clic le relampagueaba en la sien y le saltaba la fiera anti miliciana, Joan Manuel era un buen hombre y mejor kiosquero. Después de la erupción la fiera se deshinchaba y volvía a su estado habitual deseándote, siempre, “que pases un buen día”.

 La mañana de aquel día en el que palmé del todo, Joan Manuel me habló de la crisis largamente y esto nos hizo caer en una especie de estado de embriaguez, como si hubiéramos bebido varias jarras de tristeza a palo seco. Quién iba a decirme a mi que esa sería la última vez que conversaría con Joan Manuel.

 Mientras espero sentado en el puf rojo carmín de mi habitación a que lleguen los de la científica, mi cuerpo se enfría lentamente. Me ha dado por recordar lo que hice ese último día en vuestro mundo, en vuestro plano. Después de comprarle la prensa al Joan Manuel me senté en la terraza del Txigorri entre Canalejas y Méndez Núñez. Me gustaba aquel café en tiempos de primavera. La sombra de las acacias es un buen lugar para leer la prensa y dejar que pasen, al menos, un par de horas.  Los gorriones –de los que dicen que están en peligro de extinción por culpa de los mirlos y las palomas, asunto este que me preocupa porque es como una señal del Apocalipsis – se acercan a las mesas sin ningún rubor, descaradamente y sin mediar gorgojeo o palabra alguna te hurtan las migas de la milhoja que te acabas de comer. Me encanta comerme esas migas con los dedos. Este gorrión podría haberle robado el bollo completo al calvo de la mesa de al lado que, por otro lado, le haría un favor. Las lorzas de carne rebosan el asiento y la moda de los vaqueros de tiro corto deja desagradablemente a la vista una suerte de canal oscuro que me recuerda al desfiladero de la estrella de muerte por la que Han Solo y Luke Skywalker le asestan un duro golpe al Imperio. No me parece sano continuar con esta visión y me conformo con el hurto.

 Tuve una novia cleptómana hace unos años. Pude pasar que me robara las barras de pan y las botellas de güisqui, me dolió, pero lo entendí. Lo que no pude entender y de hecho fue el motivo de nuestra ruptura fue que me robara mi opinión y el pañuelo de punto de cruz que me bordó mi madre con las iniciales en rojo carmín.

 Por ahí no paso.

 Su extrema cleptomanía llego al punto del robo intelectual.  Mi opinión pasó a su propiedad y me anuló.

Le rogué por el rosario de su madre que me devolviera el pañuelo de punto de cruz de la mía. Al fin capituló y cuando le iba a decir que lo nuestro se había acabado, lo dijo ella.  Hasta eso me robó.

 Lo pasamos bien mientras duró. De hecho tenía su gracia robar algún lápiz de los grandes almacenes y pasar las cajas de leche sobre el bajo del carrito de la compra. Pero lo mucho cansa, ya se sabe.

 Después de nuestra ruptura me llamaron del juzgado de instrucción número dos para que acudiera como testigo de la acusación por el hurto del buzón de correos de la esquina de mi casa. Imagino que el funcionario que descubrió el hurto sospechó al ver el buzón atado a la baca de mi coche. Ella no podía evitarlo. He de decir, en su descargo,  que aprovechó el día para hurtar ambas propiedades. El diligente funcionario de correos anotó la matrícula del vehículo  y de ahí salió mi nombre. Claro que a ella la paró la guardia civil a la altura de la fuente de Tremiño, en pleno centro, por no llevar el pañuelo rojo de señalización y al pedirle la documentación del buzón fue cuando se destapó todo.

 Por supuesto que dije la verdad en el juicio. Creo que fue la primera vez que delante de ella pude esgrimir  mi propia opinión.

 Sí, es ella –aseguré- y es cleptómana –quizá no debí decir esto por que le sirvió de atenuante y sólo fue condenada a seis años y dos días, que por cierto se cumplieron la semana pasada.

 Demóstenes no era abogado pero le encantaban las series judiciales y seguía con fruición los casos de juzgado hasta el punto de estar suscrito a Nova Lex Weekend. Demóstenes es el portero de la finca donde vivo. Es un hombre peculiar y con muchas leyes pero Maravillas no le cayó nada bien desde el primer momento. No me lo dijo directamente pero hizo comentarios en ocasiones que me dieron a entender este extremo.

 Recuerdo que un lunes me dijo, “A mi no me gusta entrometerme donde no me llaman pero ¿usted se ha dado cuenta de que desde que esa señorita viene con usted los fines de semana, los vecinos se quejan de ruidos y molestias durante las noches y han desaparecido varios felpudos del rellano?”, -Casualidades-,  intenté salvar la situación. “Las casualidades son la madre de todos los delitos, ¿sabe?”. Cielos.

 Hay que reconocer que Maravillas tenía un genio sexual importante. Digamos que en el ranking destacaba por sus iniciativas y su falta de comedimiento a la hora de gemir.

 Pero lo mucho cansa.

CUADERNO DE CAMPO

Sospechoso número 1: MARAVILLAS OLIGORIGAZTÚA

Encarcelada a tenor de lo dispuesto por el Juez del Juzgado de Instrucción número 2 habiéndose seguido los autos 1234/13 en los que consta mi declaración en la que reconocía la autoría del delíto en la susodicha

-Comprobar la verdadera identidad de la señora que viene los lunes a hacerme la limpieza (el cardado puede ser sospechoso)

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