Capítulo 2

Capítulo 2

“Dame veneno que quiero morir, dame veneno…”

 

Sentado sobre el puf rojo carmín de mi habitación no me pierdo detalle de cómo el juez de guardia –ya saben, el de las Converse– despliega un arsenal de corpúsculos, utillaje y marranadas sobre mi propia cama sin el más mínimo recato.

Tengo la sangre dulce de ahí que sea propenso a ser atacado por chupópteros de distintas etnias y razas, sobre todo por los dípteros nematóceros que llamados así parecen alguien pero son simples Aedes albopictus, es decir, mosquitos tigre. Llegamos a tener una relación muy estrecha ya que por nuestros cuerpos circulaba la misma sangre.  Hace unos días, precisamente, mientras me hacía unos largos en la piscina me picó uno de ellos sin mi consentimiento. Me dejó una marca desagradable a la altura de la muñeca.  Lugar en el que el juez de las Converse se ha detenido con su lupa.  Ordenó apagar las luces para poder observar mejor –incongruente ¿verdad?-. El caso es que así lo hicieron. Yo creo que fue más por demostrar que se acababa de comprar una lupa rectangular con luz incorporada y mango de marfil que porque le hiciera falta realmente. -Hay una incisión sospechosa en la parte baja del antebrazo-descubrió. Este cadáver no se puede levantar-ordenó- hay que avisar a los de la científica. Esto parece un asesinato y no una muerte natural. Junto a la incisión hay restos epiteriales que hay que analizar.

 -¡Válgame! – dije yo para mis adentros

Si hubiera tenido culo me lo hubiera partido. Al carecer de semejante órgano ó conjunto de músculos, me conformé con hacer soplar un viento gélido que hizo alborotarse las cortinas y los papeles del juez de las Converse convirtiendo la habitación en un escalofriante escenario.

 Y ahí estaba yo, en mi desnudez más picada, con mis vergüenzas al viento esperando a la policía científica para que ratificara que aquello no era una prueba de asesinato sino una picadura de Aedes albopictus.  Los mosquitos no son tontos y huelen la sangre a distancia, de seguir en pelotas llegaran a cientos en breve.

 En todos los trabajos se fuma así que a eso de las nueve y cuarto los nacionales que me vigilaban por si me levantaba se bajaron al bar de Luis a tomarse unos carajillos con croisants. Le ofrecieron lo mismo al novato cinéfilo que les contestó que no podía beber porque estaba de servicio.

 Tras las carcajadas los dos policías veteranos salieron de la casa.

 El joven policía cinéfilo expiró relajando los músculos de su cuerpo y pasó a la posición de descansen. Al cabo de un rato pasó a la de sentado en el borde de mi cama. Por un momento temí que se recostara a mi lado pero lo evitó.

 El joven policía cinéfilo canturreaba la última versión del tango “Volver”, seguramente la noche anterior había caído entre los volúmenes y los cabellos de Penélope Cruz en la de Almodóvar.

 Casualidades que tiene la vida. Aquí estamos los tres. Mi muerto, yo y el policía novato cinéfilo cantando a dúo la canción de “Volver”, una de mis canciones preferidas de toda la vida. Para mi la mejor, sin duda, la versión de Gardel. Cuando acabamos la interpretación sentí la extrema necesidad de agradecerle al policía novato cinéfilo el detalle de aquel improvisado homenaje póstumo que me había ofrecido.

 Recordé entonces que la última mujer que estuvo de visita en casa se dejó olvidado un lápiz de labios rojo extreme passion.  Ya dije que los recién muertos tenemos un sentido del humor un tanto característico de forma que lo primero que te enseñan en la academia de recién llegados es a interferir en el mundo de los vivientes que es algo de mucha risa. Así, cogí el lápiz de labios y escribí en el espejo panorámico de la habitación: “Gracias por la canción, señor agente”. Conforme iban apareciendo los trazos sobre el espejo observé como perdía color el pobre policía novato cinéfilo. Llegó un momento en el que no se sabía dónde acababa su camisa blanca y dónde empezaba su piel.

 En el fondo me supo mal, le asusté demasiado, quizás fuera el primer recién muerto con el que se tropezaba. Quizás había sido un poco cruel con él pero bien visto al menos ya tenía algo que contar a sus nietos.

 Se levantó como si estuviera retenido por un resorte y desenfundó su reglamentaria al grito de ¿quién anda ahí?. Le contesté que yo pero no me oyó, claro, estoy recién muerto. Fue dando saltitos mientras apuntaba en cada uno de ellos hacia un sitio distinto como si su objetivo no pudiera estarse quieto.

 A punto estuvo de producirse una desgracia.

 Volvieron de nuevo los policías veteranos oliendo a carajillo y casi por instinto policial desenfundaron sus respectivas creyéndose amenazados por el novato cinéfilo.

 -¿Se puede saber qué cojones haces con la manola en la mano?

 -Alguien ha estado aquí y ha escrito eso en el espejo delante de mis narices y no he podido ver a nadie- tembló diciendo el muchacho.-Creo que ha sido el muerto-

 -Txema, sabes perfectamente que no se puede manipular nada de lo que se encuentre en la escena de un crimen. Deberías dejar de ver tantas películas.

 -Supuesto crimen- dije yo sin que me oyeran

 -Yo no he tocado nada- Afirmó Txema

 -¿Quieres que te meta la manola por el oído y te la saque por la boca?

 -No

-Pues cállate.

Podría haberme reído de no ser yo el amojamao, pero en siéndolo he tenido la necesidad de repasar, uno a uno ,los últimos días de mi vida con él ánimo de encontrar al menos una pista sobre el quién y el porqué de encontrarme en tan frío estado.

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