Capítulo 1

“¡Demasiado tarde! -dijeron los parientes que rodeaban el ataúd abierto, ¡Demasiado pronto! dijo él, y se irguió dentro del ataúd

Elias Canetti

“Libro de los Muertos”

Capítulo 1

“Suave que me estás matando…”

Eran las cinco y cuarenta y cinco en punto cuando empecé a sentir cómo se me dormía la mano derecha. Era una sensación de hormigueo que trepaba por mi antebrazo hasta llegar al codo y allí descansar como para tomar algo. Luego, y ya sin tregua, el dolor continúa su ascenso hasta el hombro y luego es cuando el pecho revienta en un dolor al que no le ves el final. Es curioso como tenemos la sensación de que el dolor nos parece un ataque desde el exterior y , sin embargo, el miedo , ese mal bicho, nace desde nuestros propios adentros. Claro que en ocasiones dolor y miedo no van unidos y son, por tanto, primos lejanos y no hermanos.  He leído en algún sitio que un dolor que te despierta es un dolor que deja de ser fronterizo para convertirse en un dolor preocupante. Y éste lo era. Tan preocupante como que fue el último.

Recordé entonces que ya me acosté con una sensación de desasosiego y sudores fríos que confundí con un simple constipado dada mi estúpida concepción del frío y el desabrigo.

Me gustaba hacerme el norteño y así lo pagaba, con la amenaza casi constante del enfriamiento.

A pesar de lo que puedan decir los forenses que siempre hablan de una horquilla de horas (entre las cuatro y las siete, por ejemplo) la hora exacta de mi muerte fueron las seis en punto de la madrugada. Nunca me gustó hacer esperar a nadie y mucho menos esperar, de forma que en todas mis relaciones siempre me regí por la puntualidad. Así que esperé a la verticalidad completa de las agujas para evitar discusiones, malos entendidos y discusiones, además, entre los últimos estertores de mi muerte, lívido y desencajado miré mi swatch y confirmé que era la hora y , como el testamento de un viejo hipocondríaco exclamé: “Lo sabía”.

Quede claro, en este punto, que utilizo a este que suscribe para describir lo que nadie antes ha sido capaz de contar y que yo, dada mi peculiar filantropía y curiosidad científica en estos trances escatológicos, siento esa necesidad arraigada en mis más recónditos adentros de comunicador, de contar la cruda verdad de este momento que algunos vaticinan místico y está resultando, sin embargo, de lo más aburrido. Creo que desde mi primer caso como policía , la necesidad de saber y llegar hasta el fondo de todo me llevan a sacaros de vuestros errores en lo que se refiere a la muerte y sus circunstancias.

Lo del túnel y la luz a su final es una burda mentira y es más bien un recurso cinematográfico que una realidad espiritual. Lo que si he tenido es esa revelación mística de un recuerdo imposible. Morir es el mismo tránsito que nacer. Los dolores del morir acaban un una suerte de feliz remanso. Como cuando nacemos. Quiere esto decir en un simple ejercicio de razón que:

  1. Antes de nacer ya estamos vivos pero en otro plano.
  2. Que la palabra “morir” no es cierta  y por lo tanto la palabra “nacer”, tampoco
  3. Que se plantea la gran pregunta, ¿hay vida después de esta vida de muerto?. El comentario generalizado que he podido escuchar entre mis compañeros recién muertos es que sí, que hay una cuarta pero ninguno es capaz de demostrarlo. Todo son suposiciones y teorías. Hay quien habla de fenómenos extraños y experiencias cercanas a ese nuevo tránsito, yo, por mi parte, esperaré a la certeza tangible para contarlo.

Esta es la gran verdad, temporalmente, si los gatos tienen siete vidas, nosotros, al menos, tres. Comprobado científicamente.

No me he encontrado en un vaporoso escenario de nubes blancas y tampoco me ha recibido un señor de barbas con unas llaves en la mano. Sólo sigo donde estaba –y no es por meter miedo- pero los que morimos nos quedamos. Pero en un plano distinto, eso sí, aunque las ganas de traspasar esa pequeña frontera que nos separa, a vosotros los vivos y a nosotros los recién muertos, nos hace, en ocasiones y más que nada por ratificar al vivo que hay vida más allá de la muerte, mover cosas (telequinesia), susurrar chistes y gracias que la gente malinterpreta (Psicofonías) .  Me dice un compañero recién muerto que al conjunto de estas cosas que percibís en vuestro más allá que para nosotros es nuestro más acá, entra dentro de la ciencia de la Bromatología, pero no es cierto. Por cierto, los recién muertos tenemos fama de cachondos y bromistas. Antaño las bromas se reducían a sábanas y efectos sonoros, los recién muertos modernos nos hemos sofisticado un poco más y ya hablamos a través de la televisión (véase Poltergeist –gran éxito de taquilla a este lado-) y de cualquier otro aparato tecnológico de última generación, a mi, particularmente me encanta mezclarme en las canciones de Beyoncé en los Ipod Nano, cada uno tiene derecho a ser tan raro como le apetezca.

Sí, es una realidad distinta en la que el tiempo, la masa y el espacio son totalmente relativos. Yo por ejemplo me siento como imagino se han sentido toda su vida los que tienen un cuerpo diez. Liviano, esbelto e incluso guapo. Es lo que tiene la ingravidez y la ausencia de materia.

Los fantasmas existen.  Pero no difieren tanto de los fantasmas del mundo de los “vivos”. Aquí, en este plano, hay quien se cree más muerto que otros, de hecho he conocido a uno que ya era fantasma antes que muerto y va de líder acercándose a los grupúsculos de los recién muertos que se encuentra sólo para ganar popularidad.

Los muertos , los recién muertos me refiero, siempre tenemos ese aspecto de persona seria e imprescindible que se ha dejado cosas por hacer y que, por otro lado, aparentamos no haber metido un gol en nuestra vida, siempre corta. No conozco a ningún muerto reciente que se considere un pichichi de la vida.

Una de las cosas buenas del morirse es que, por fin, te dejan tumbarte con tu corbata, tu camisa blanca y tu mejor traje e, incluso, sin quitarte los zapatos. Es una suerte de siesta de Rodríguez vitalicia. Nada hay de malo en pisar el satén.

Los fantasmas no comemos, no bebemos, y en consecuencia no digestionamos y  no vamos al mingitorio. Es otra ventaja de este estado inmaterial. De la vida media de una persona humana se consumen aproximadamente tres años y medio en el mingitorio.  Es, sin lugar a dudas, junto con la cama, nuestro medio natural. Aquí la cosa cambia. Digamos que en esta vida inmaterial hemos dejado fuera de nuestro interés todo lo que el cuerpo humano tiene de escatológico.

¿Quién no ha soñado alguna vez con escuchar las conversaciones de los demás sin ser visto?. Es un vicio muy humano y, por supuesto, muy fantasmal. Lo de los probadores de señoras en esta vida incorpórea no tiene sentido más que por el recuerdo de algo que creíamos placentero de forma que lo abandonas, dicen, a los dos días de ser fantasma oficialmente. No me interesa, prefiero algo perdurable no sé porqué me temo que el estado fantasmal me va a llevar bastante tiempo. El tiempo y su medida también son totalmente distintos aquí, digo aquí aunque es allí, ya me entienden. No conozco a ningún reciente que use reloj o se preocupe por la hora. Nunca llegamos tarde a ningún sitio y, como dijo Sabino, los fantasmas “ni están ni se les espera” así que el peor negocio de aquí es el de relojero.

Los primeros días después de fenecer, todas las conversaciones en las que eres protagonistas son, inexcusablemente, loas a tu vida desprendida y generosa, lo cual suele ser simple y radicalmente falso. Cuando uno muere, y esto está ahora fehacientemente corroborado por mi propia experiencia, siempre hay alguien que llora, alguien que cobra, alguien que se ríe y alguien al que le importa un pito. En algunas defunciones –las menos- también los hay que se alegran sin disimulo. Y en esta clasificación se resume el orden de las castas de la humanidad.

Nada más morirme me he sentado en el puf rojo carmín de mi habitación a esperar a los del SAMUR. Son gente maja y normalmente jóvenes. Han tenido que esperar al Sr. Juez de Guardia para levantar mi cadáver. Expresión ésta que siempre me llamó la atención pues a nadie, excepto a un juez, se le ocurre levantar un cadáver, todos sabemos que volverá a caerse más que nada por falta de vida. Los jueces son gente muy especial. La verdad es que esperaba ver a un señor con toga y puñetas pero ha venido un chaval en vaqueros, camiseta de los Rolling y zapatillas Converse.  Y me levantó.

La carrera judicial ya no es lo que era. En mis veinticinco años de servicio en el cuerpo he visto de todo pero los jueces, Sus Señorías, siempre fueron algo serio, puñetero y de respeto obligado.

Tampoco es cierto que los cementerios estén llenos de indispensables. Es una leyenda urbana. Los cementerios son secaderos, lugares de esparcimiento, albañales, muladares, sentinas y zahúrdas. En definitiva, por muchas flores que dejemos en los cementerios sólo quedan los restos para los mismos. Lo bueno se queda, ya lo dije, donde estaba que es de donde se quitan tus fotos, se tira tu ropa y se te pierde el respeto. Sin duda los cementerios los inventaron los criadores de malvas y lirios.

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