París a tus pies

(I)

No es un parque especialmente grande. Tampoco está aislado de todo. Más bien es una franja verde que separa dos grandes avenidas de la ciudad pero una vez sentado a la sombra de estas palmeras el ruido de alrededor huye y se esconde dejando que sepamos que estuvo pero sin encontrarle a simple vista.

Me gustaría poder venir aquí cada tarde pero hay otras cosas que se encabezonan y me lo impiden, en cualquier caso, Lucía, este es el lugar donde tenéis que ir a buscarme cuando no sepáis dónde diablos estoy.

Te lo digo para evitarte disgustos y pérdidas de tiempo que siempre son, de alguna manera, la premonición de una discusión. Necesito este tiempo, tampoco pido tanto, el resto del día hago lo que debo, lo sabes, no creo que tengas quejas ni dudas. Soy un compañero de piso casi perfecto si no fuera porque te interrogo cada vez que vas con ese carcamal a bailar al casino. Ya, ya se que yo podría ser tu nieto pero me encanta compartir contigo la casa y nuestras conversaciones, y temo que a tu edad disfrutes loca e inconscientemente y, bueno, creo que también hay algo de celos por mi parte. En cualquier caso y volviendo al tema, ese es, exactamente el lugar al que vengo y en el que me podéis buscar. Quizás y por fastidiar, dejaré escrito ante notario que me entierren aquí.  Por cierto, Lucía, tu que eres funcionaria jubilada del ayuntamiento, ¿Puede uno comprarse una parcela dentro de un parque público? En caso negativo ¿Cuánto puede costar que te erijan una estatua homenaje en un jardín público? Me gustaría perpetuarme aquí; el motivo… elígelo tu.

Ahora en serio querida Lucía, no sabes qué envidia le tengo al casanova ese con el que te pasas las tardes. ¿Alguien dijo que un hombre de cuarenta no pueda tener envidia de uno de setenta? Ya me gustaría a mi llegar a los setenta con ese estilazo que se gasta, con ese traje de lino blanco, con ese panamá de cinta azul marino, con ese moreno de rico y yate. ¿Por qué has tardado tanto en aparecer en mi vida? Te oí decirle cuando le despedías en la puerta de casa. –La luna no se alcanzó en un día- te dijo él. Luego te besó como los actores besan las estrellas, creí que sonó una música pero era el latido de tu corazón.

Querida Lucía, no sabes cómo me alegra tu alegría y cómo me sorprendo espiándote cuando en esas despedidas interminables sólo se queda al fondo el susurro de los besos y las frases a tu oído.

Esta nueva situación en nuestras vidas, me temo, va a romper esta convivencia que tenemos. Probablemente te lleve a vivir a su chalet en la costa, o a viajar por esos mundos de Dios, o a la antorcha de la estatua de la Libertada cenar, o a bordo de un bateau rouge a bailar un tango de guitarra y concertina mientras se rinde Paris a tus pies; quizás te lleve a su cafetal en Costa Rica para que ayudes al sol a convertir las flores blancas de los cafetos en grano rojo y maduro. Si no lo hace, dímelo, es lo que yo haría contigo y por mi.

En estas cosas agoto las horas que paso a la sombra de estas palmeras en este parque del silencio a débito mientras las hormigas sobreviven  con las cáscaras de pipas en esa procesión laica de pasos y cirios.

Los teléfonos móviles son unos impertinentes. No piden permiso alguno para interrumpir tu vida en cualquier momento. ¿Por qué narices me compraría yo un móvil?  La impertinencia es aún mayor cuando el número que te llama es un número desconocido.

-¿Daniel?

-Si, ¿Quién es?

-Muy gracioso, si, muy gracioso. ¿Te parece normal que en esta situación andes con jueguecitos y tonterías?

-Pero..¿Quién es?

-Soy Clara, anormal

-Perdone, pero creo que voy a colgarle

-Si me cuelgas ahora tendrás que llevar sobre tu conciencia mi suicidio, animal.

-Perdone, creo que se equivoca

-Ahora, no, ahora ya no me equivoco. Me equivoqué hace cuatro años, cuando creí que me ibas a amar para siempre. Eres un cerdo de porqueriza.

-Mira Clara, me temo que te has equivocado de teléfono. No se exactamente de que me estas hablando.

-¿No lo sabes? ¿Te parece bonito mandarme al carajo con un SMS? ¿Qué pasa no tienes valor para decírmelo a la cara?

-¿Por un SMS?. ¡Qué sinvergüenza!

-Te advierto que no soporto que te rías de mi y menos por teléfono

-No me río, me sorprendo

-¿Cómo?

-Veras, dame un momento, si puedes, y te aclaro que no soy el que crees

-¡Eso!, de todas las excusas que has puesto siempre para evitar una situación complicada, ésta, sin duda, se lleva la palma.

-Mira Clara, mi nombre es Daniel Fuentes, mido uno ochenta, tengo los ojos marrones, calzo un cuarenta y cuatro y medio, mi documento nacional de identidad acaba en 69, soy de Barcelona y vivo en un piso enla Plaçade Sant Andreu, comparto piso con una amiga de setenta años que está liada con un jodido cafetero de Costa Rica y en estos momentos no me apetece que me insulten por teléfono porque estoy donde me gusta aislarme de todo.

-¿Fuentes?

-Una en el centro de la plaza.

-¿No eres Daniel Arribas?

-Adivino que tengo la suerte de no serlo. La verdad, después de oírte por teléfono no quiero imaginarme lo que le puedes hacer en persona al pobre tocayo.

-Es un cabrón. Pues no va y me manda un SMS para decirme que lo nuestro se acabó.

-Se están perdiendo las buenas costumbres, Clara.

-Oye perdona pero como comprenderás estas cosas me encienden y no atiendo.

-Tranquila, ya está todo aclarado. La verdad, a mi nunca me han dejado

-¿Estas casado?

-No

-¿Entonces?

-Estoy incólume en los lances de las relaciones personales

-¡Vaya! ¿Quieres decir que eres virgen?

-Como no puedes verme, no te habrás dado cuenta de que estoy ruborizado como un tomate de mata

-La verdad es que no había conocido a un hombre virgen

-La palabra virgen aplicada al sexo masculino suena un poco extraña ¿verdad? Casi sería mejor decir que soy “un triste ignoto

-¿Triste? No entiendo

-Veras, Clara, la primera vez que me enamoré, tenía yo unos trece años. Dejé de comer, sólo pensaba en ella, imaginaba cosas y besos y abrazos. Y ella se lió con Germán Martínez, que tenía una moto roja y trabajaba en un gimnasio. Me gustaban las chicas mayores que yo. Desde entonces guardo luto riguroso por lo que pude haber sido y, también,  por lo que soy. Me prometí no volver a caer en ese estado casi catatónico y totalmente destructivo.

-Hombre, tampoco es eso, no vayas a culpar a la población femenina al completo por lo que te hizo una niña hace… bueno hace un tiempo. ¿Qué edad tienes?

-Cuarenta y ocho, mes arriba, mes abajo

-¡Anda! Un virgen con solera

-Por cierto, te recuerdo que eres tu la que ha llamado, espero que tengas una tarifa plana, de lo contrario te va a salir por una fortuna.

-¡Bah! Esta conversación está siendo mucho más interesante que la que tenía prevista con el estúpido de mi ex.

-Vaya, creo que es lo más romántico que me ha dicho una mujer, al margen de los halagos de mi madre.

-¿Has dicho que vives en Barcelona?

-Si pero tu no me has dicho nada de ti. No creí que me resultara tan fácil hablar con una mujer

-Por teléfono siempre os soltáis la vergüenza y llegáis a ser incluso encantadores y simpáticos. Luego en persona todo se estropea.

-Vaya, veo que tu tampoco estas muy contenta con tu vida amorosa.

-Me llamo Clara Janés, tengo treinta y vivo en Madrid, cerca del Retiro, escribo y riego mis plantas todos los días. Saco a pasear a Enrique VIII por las mañanas, recojo sus cacas y le dejo que corteje a todas las perras que se encuentre y pueda. Es un chow chow color miel que cuando me mira me recuerda a mi ex antes de… bueno ya sabes.

-No

-Ya sabes, hombre, ¿En qué momento de la relación hombre-mujer la mujer es la dueña absoluta de todas las cosas, ama y señora incluso del cuerpo del otro?

-Entiendo. Me encanta oírte hablar. ¿Dices que eres escritora?

-Si

-¡Qué casualidad! Yo soy lector. Quiero decir que leo mucho pero, lo siento, no me suena tu nombre

-Bueno mis dos primeras novelas han tenido una modesta acogida entre la crítica de aquí. Barcelona es un reto, es muy difícil publicar en castellano.

-Buscaré tus libros y los leeré, te lo prometo.

-Perdona, llaman a la puerta, tengo que colgar. Ha sido un placer conocerte y discúlpame por pensar que todos los hombres sois imbéciles.

-Tranquila. Yo pensaba lo mismo de las mujeres. ¿Hablaremos otro día?

-Quien sabe, tendría que volver a equivocarme de número

-Hazlo

(II)

Al margen de sus beneficios medicinales, el saúco es un arbusto de una belleza especial. Por un lado sus hojas emiten un olor desagradable por lo que a nadie le gusta plantarlo en su jardín o estar mucho tiempo junto a él pero con los frutos le pasa como al cerdo que se aprovecha todo. Sus flores blancas fritas en esa especie de buñuelos que mi madre hacía los últimos lunes de agosto son un manjar; los frutos maduros como sopa son exquisitos y, además, beneficiosos para lo que se llama el tránsito intestinal. Incluso de su madera se hacían flautas y pitos que habrán sonado a lo largo de los siglos. Puede, incluso, que algún saúco interviniera en uno de esos grandes conciertos vieneses.

En la corteza de los saúcos nadie rasga corazones de enamorados atravesados por una flecha certera y cupídica, y es que el pobre saúco no es, precisamente, un jazmín pero del hueco de sus ramas ha preñado el aire de notas enamoradas, seguro.

El saúco y yo tenemos muchas cosas en común.

Lucía, ya sabes de mi afición por la botánica y sus consecuencias, ¿recuerdas?, nuestra casa siempre ha estado habitada de orquídeas blancas de las que crecen en los arenales, de jazmineros chillones y algo de hierbabuena que es a lo que huelen los amores no vividos. Querida amiga, quién te traerá violetas de agua los sábados y quién cuidará por ti los geranios blancos de tu balcón. Sé que el dandi-cafetero te tratará como a una reina –más le vale- pero Lucía, échame de menos aunque sólo sea una vez cuando mires la mesa y no veas  reverenciando tus despertares los crisantemos amarillos.

En el fondo, y lo sabes, quiero que seas feliz aunque me dejes echo un despojo, un hijo de nadie, un desheredado. No, no te digo estas cosas para hacerte sentir culpable, bueno, a lo mejor un poco si, te lo digo porque es crudamente cierto ¿con quién voy a hablar ahora de libros, de películas, de mares y de esas cosas que sólo se ven en los ojos del otro?

Si algún día, amiga Lucía, me decido a enviarte estas cartas a tu dirección de los cafetales espero que al menos una vez, eches de menos esas risas que nos echábamos con nuestros juegos de palabras de los domingos antes de la cena.

-¿Si?

-Esta vez no es un equívoco. Esta vez te llamo porque quería hablar contigo

-¿Quién es?

-No me dirás que no te has guardado mi número en la agenda

-Pues no, lo siento

-Daniel, hombre, soy yo, Clara, la energúmena del otro día

-¡Clara! Pensé que lo nuestro había terminado

-Ni lo sueñes. Por una vez que encuentro a un hombre con el que poder hablar sin problemas no pienso dejarlo escapar. Ni loca.

-Muchas gracias por la parte que me toca, ¿que tal tu ex?

-Con un poco de suerte habrá acabado comido por los tiburones blancos en Nassau y luego deposicionados sus restos a lo largo del mar de China o donde quiera que los simpáticos escualos hagan su ruta migratoria.

-Veo que lo llevas bien

-En esto del amor, o del desamor, querido Daniel, una se teje una cota de malla con las arandelas de los botes de Coca-Cola y se pone chula o pereces en el transcurso.

-Bonita metáfora

-No es metáfora, es la realidad. Claro que a ti en lugar de cota de malla te dio por la anorexia y el insomnio.

-Eso fue hace mucho. Ahora creo que rompería algunas fotos y llamaría a la recogida de enseres para que se llevaran las astillas que quedaran del banco del parque donde la conociera.

-¿Tiene que ser en un parque?

-A poder ser. Me encantaría encontrar a alguien especial en un parque. ¿Sabes? Son los mejores sitios de cualquier ciudad.

-He estado pensando en ti, ¿sabes? No se…, me gustaría saber cómo eres, quiero decir físicamente.

-¿Es importante?

-Bueno para determinadas cosas si

-¿Quieres decir que lo de que la belleza está en el interior es un cuento chino?

-Realmente es francés y uno de mis favoritos. No, Daniel, no es absolutamente importante. Es sólo necesario. Si yo te dijera que mido uno treinta, peso ochenta desnuda, llevo gafas de concha marrón, me afeito una vez al mes, suelo vestir con túnicas de flores y los pelos se me escapan del recogido para caer sobre cualquier superficie indiscriminadamente, tu ¿Qué pensarías?

-Bueno, pensaría que nadie es perfecto

-Ya, yo también vi a Jack Lemmon vestido de mujer. Dime, sinceramente, no te parece importante el físico en una mujer.

-Claro que me parece importante sobre todo para esas a las que hay que mirar para darse cuenta de que las mujeres de verdad tienen curvas donde ellas aplanan y que, normalmente, lo dicho es mucho más sensual y, por supuesto querida amiga, la forma de ser es la cajita donde se guarda la belleza de cada uno.

-No se si me convences…Donde se ponga un tío cachas depilado

-Me temo, entonces, que no soy tu tipo en absoluto.

-Es broma, hombre, odio a los muñecos desde que sacaron a Kent como novio de Barbie. Soy defensora a ultranza de la teoría de que enamorarse lleva tiempo y no es cuestión de un relámpago en forma de flecha. Una se enamora de la persona y no del monigote.

-En ese caso, amiga, creo que aún tengo posibilidades.

-¿Sabes? Me hueles a vino dulce y hablar contigo me sabe a piña madura que siempre se te queda en poco y es un placer que me hace cerrar los ojos siempre.

-Amiga Clara, a partir de ahora puedes pedirme cualquier cosa. He caído a tus pies no rendido sino beligerante con el resto de los mortales por tu compañía.

-Empezamos a entendernos, Daniel. Por cierto ahora que hablamos de nosotros y de nuestra futura relación amorosa. A los cuato o cinco días de hablar contigo me llamaron de una editorial de Barcelona; me han ofrecido publicar allí, en tu pueblo

-¿En Barcelona? ¡Qué casualidad!

-Si y además en castellano; seguramente tenga que ir de promoción.

-Leí tus novelas, Clara Janés, ¿Es cierto lo que dicen los críticos de ti? Me sentí avergonzado de no haberte leído antes, eres una referente de la nueva narrativa ¿Sabes? No me extraña que alguna buena editorial de aquí se interese por tu obra.

-¿Has cambiado de conversación conscientemente o eres así de torpe por naturaleza?

-Una mezcla de ambas cosas. Lo nuestro sólo puede funcionar por teléfono; estoy convencido de que si estuvieras aquí huirías despavorida sin darme tiempo a excusarme por haber nacido.

-Correré el riesgo ¿Tu no? He luchado con otros monstruos y siempre he salido victoriosa

-¿Sabes que no deberías hablarle así a un  hombre? Puede llegar a pensar que te estás enamorando de él y eso, a un hombre, lo envalentona y lo hincha como si de pronto en alta mar soplara el viento y las velas arrancaran los mástiles

-Seguiré soplando y hablo en serio, siempre lo hago. Vaya. Vuelven a llamar al fijo, debe ser mi agente, esperaba su llamada, lo siento tengo que atenderla

-Siempre cortas nuestro romance en su punto más álgido

-Lo se, es algo que hago siempre. Intentaré evitarlo en lo sucesivo. Por cierto la próxima llamada te toca a ti. Chao.

(III)

Ahora que Lucía me manda postales desde el mismísimo Delmónico’s  mientras degusta unos huevos a la benedictina con el dandi-cafetero, mi casa se ha convertido en una gran estantería de libros a la que acechan constantemente una cama, una mecedora de mimbre y un lavabo.

Lo único “bueno” –entre comillas- desprendido de la ausencia de Lucía es que, por fin, puedo sentarme en la mecedora junto al balcón que da a la plaza y desperdigarme ahí en pensamientos y lecturas al vaivén antiguo de su mecer.

Dice Lucía en su última postal que en Julio se trasladan al cafetal; que ya están cansados de tanto viaje y tanta maravilla. Que lo que quieren es volverse locos de pasión bajo los cafetos en flor a la luz de una luna cómplice y preñar esas tierras de envidias

¿Yo? A veces no quiero despertarme para no perderla, para que no se desaparezca, para volver a oler el café barato que ha preparado y que ya está tomándose mecida junto al balcón que mira a la plaza. Pero me despierto, siempre me despierto irremediablemente y me llegan postales de Paris, de Florencia, de Viena y de Nueva York también. He empezado a hacer un mural con todas ellas colocadas cronológicamente sobre un corcho color miel y luego intento recordar lo escrito en cada una de ellas en un ejercicio absurdo de memoria y autoflagelación; y para ello utilizo como un cilicio por mis pecados contra la felicidad propia. Creo que algo de fetichismo también hay en todo esto y, sobre todo, en sustraerle el cepillo del pelo de la maleta mientras discutíamos sobre la conveniencia de dedicarse al sexo y a la lujuria olvidándose de principios morales y de mi.

-¿Clara? Soy Daniel

-¿Por qué todos los hombres que os acercáis a mi sois tan gilipollas?

-El otro Daniel, el de Barcelona

-Ya se quién eres, por eso te llamo gilipollas, prepotente, hipócrita, mentiroso y pervertido

-Vaya

-No quiero volver a hablar contigo, ¿vale?, no vuelvas a llamarme y, por favor, deja en paz mis libros. No me hace falta nadie para publicar donde y cuando me apetezca. ¡Imbécil!

-Pero

-¿Cuanto tiempo creías que iba a tardar en relacionar Saúco editores contigo? Me has defraudado. Claro que no sé de que me extraño, al final va a resultar que todos, absolutamente todos, menos mi padre, sois igual de gilipollas. Que te den.

El tono del teléfono dio por terminada la conversación. ¿Sabes el rictus que se le queda a un mago delante de su público en plena actuación cuando de la chistera ordena salir una paloma y no sale nada? Pues es este que yo tengo ahora.

Lo peor de todo, me temo, es que no lo entiendo.

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