En el café

-¿Has visto lo que dicen de mí?- Preguntó sin querer una respuesta.

-No debes hacer caso de habladurías- le contestó el amigo mientras vertía el azúcar en el café y lo removía formando con la crema la rivera de un río negro sin desembocadura.

-Es aún peor que eso, ¿sabes?- armaba las manos tensas y huesudas como ordenando zafarrancho a sus tropas.

-¿Peor que las habladurías? – Le preguntó el amigo que por un momento dejó de crear paisajes en el café y6 le miró incrédulo arqueando las cejas.

-Peor- se derrumbó sobre la mesa dando el asedio y todas las guerras por perdidas.

-Venga, hombre, deja de torturarte. No puede ser tan grave y, en cualquier caso, tu y yo sabemos que lo que quiera que digan de ti será, probablemente, una patraña, un bulo, una falsedad, una exageración, una invención –el amigo estaba realmente cansado de esta conversación que no conducía a ningún sitio, incluso asqueado. Pensaba en las muchas cosas que se dejan de hacer para ocupar el tiempo en gilipolleces. Pensaba en islas de crema de café, en orillas , en ríos negros, en nieves de azúcar, en todas esas cosas importantes de la vida.

-Te digo que es peor –insistía él- mucho peor, ¿No lo comprendes?- La voz se le había reducido a un silbido casi inaudible, probablemente no tenía ánimos ni para respirar, mucho menos para hablar.

Dando un golpe sobre la mesa, derramó lo que le quedaba del café y la infusión de melisa de él se vino al suelo formando un estruendo de metales y cristales que le disculpó el camarero desde detrás de la barra; después de tantos años de barman, había visto cosas peores y mucho más violentas. Le subió al amigo el furor desde el estómago ,le encendió la cara y le inflamó la vena de la frente.

-¡Está bien! –gritó – suéltalo de una vez, ¡Dilo!, ¿Qué es eso tan jodidamente cruel que van diciendo de ti- estas últimas palabras salieron de su garganta como huyendo de la acidez enfurecida que le pinchaba en el vientre como un amasijo de alfileres.

-Nada… No dicen nada ¿Comprendes? Nada, no dicen nada de mí. Como si no existiera. Nada. Nadie dice nada de mi. Nadie. Nada…

El amigo se quedó lívido, convertido en estatua de sal, mirándolo fijamente como si en ese preciso instante hubieran desaparecido todos los ríos, todas las riberas, todas las orillas y hubiera sentido en sus propias carnes la mordida de la soledad del otro.

Dirigió la yema de sus dedos a la mejilla de su amigo y todo el cariño del mundo circuló entre ambos como una corriente alterna, como un rayo ciego, como nunca. Fue una caricia, una necesidad.

-Hacía años que nadie me tocaba ¿Sabes?

-¿Te comerás la galleta de chocolate?

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Yo no vengo a despedirme de ti

No, yo no vengo a despedirme de nadie, mucho menos de ti. El que venga a decirte adiós, amigo, es que se marcha a algún sitio y durante un tiempo.
Y si además viene apenado, huérfano y desolado es que no te conoce bien; debe pensar que eres de los que se van sin más. Le diremos que se equivoca.

No, yo no vengo a despedirme de ti ¿Por qué habría de hacerlo? Sólo se despide uno de quien se va a marchar, de quien no va a estar, y este no es tu caso.

Con todo, la ciudad ha amanecido hoy como desprovista, desorientada, sin agarraderas, inmune a la esperanza, huérfana, como menos Alicante que nunca; como si la piqueta de Ferres hubiera de un tajo dejado a la vista sus huesos y por la herida abierta sangráramos todos los que nos ganamos la palabra y el título de ser de aquí.

Nada ha cambiado de ayer a hoy a pesar de que en este tiempo hemos librado la batalla contra ese enemigo invisible que se pertrecha y levanta sus empalizadas precisamente ahí, en tu garganta, pero, con todo, no consigue acallar tu voz ni un ápice; contra este enemigo que arrasa tu cuerpo y que planta sus pendones de desesperanza en los territorios de tus entrañas, guerreamos ya desde hace un tiempo. ¡Malditos seáis!

Tendido en la cama, con pocas fuerzas ya y sin poder hablar, me escribías con trazo tembloroso en aquella libreta tuya, algo casi ilegible pero, eso sí, volvías sobre la palabra escrita para acentuarla correctamente. Luego nos cogimos de la mano y esperamos, esperamos un buen rato hasta que he súbitamente de mis pies crecieron raíces que me fijan a ti, y me dejo llevar. Y aquí sigo, fijado, mirando subrepticiamente cómo acentúas las palabras.

Por otro lado, ¿Sabes? Al acecho andan ésos, los de siempre, agazapados, avergonzados de su desnudez, malformes y ciegos, con las garras clavadas en los muslos de su víctima obscenamente desgarrados, violados, babeando asombrados porque tu voz, ahora, suena clara como de todas nuestras gargantas y el eco que las piedras le procuran la convierten en razón de razones, en manifiesto y en azogue de sinvergüenzas, de vándalos y sus ediles.

Por cierto, ¿Te acuerdas de cuando le llamamos “fascista” al Trampas en el mismísimo salón de plenos porque se empecinó en no dejarnos intervenir? ¡Fascista!, eso sí, atendiendo a la tercera acepción que del término aplica el diccionario de la RAE. y que le venía al Trampas como un traje a Camps. Al orondo alcalde le decían el Trampas por su forma peculiarmente sucia de jugar al póker ¿Recuerdas? Ha sido así toda la vida.
Ése y el día en el que nos encontramos con Salinas en Sevilla, o aquel otro en el que bajo la lluvia de marzo –Fa fret, decía Gibson- rendimos homenaje a Dickson y al Stanbrook en el puerto de Alicante han sido, quizás, los momentos más emocionantes que hemos vivido juntos, aunque, ahora que lo pienso, han sido tantos que me niego a licuarlos en tan poca cosa.
Mis puños abrirán un agujero en la luz para que puedas ver acabado todo lo que no terminamos a tiempo por culpa de los de siempre. Lo que tu no has visto, amigo, lo verás a través de cientos de ojos y después,para celebrarlo, tomaremos café en el saloncito que siempre tenemos dispuesto bajo los pinos centenarios de tu casa en la playa o bajo los puentes del Sena, o rallando el cristal del Titicaca, o en las cumbres del Masnou, o sobre las arenas palestinas, o en los pozos de esperanza de los saharauis. Allá donde sea, plantaremos nuestra jaima y alrededor de nuestra mesita y nuestras tazas dejaremos que nos embriague la conversación y las verdades bajo la luz cenital tan adecuada, como sabes, para la caza de las ballenas.
Dime ¿Qué tiene esta jodida tierra? ¿Qué antiguos conjuros de enanos, alquimistas y viejas desdentadas te esclavizan al noray de aquí? ¿Qué te hace siempre desear volver? Estas tierras que se aprestan a la infidelidad, a la mancebía, a la manipulación arcillosa del dios pagano del pecunio y la bragueta. ¿Qué tiene esta jodida tierra que tanto la amamos? “Alicante, cómo te nos metes toda de golpe, en nuestras venas
Leo de nuevo tus libros y en cada uno de ellos, en cada uno de los Alted, los Saña,los Bardas, los De la Gorce, y todos los demás, te he encontrado tan joven, tan luchador, tan vital y honesto como siempre, tan Enrique Cerdan Tato como siempre. Y en esta relectura caigo en la cuenta de que los Alted, uno detrás del otro, admiradores y observadores de tradiciones e historias, van a seguir rondado por esas tierras dentro y fuera de tus páginas, lo quieras o no. Tú los creas y ellos se emancipan, se multiplican y se hacen eternos.
¿Ves? No vengo a despedirme de ti porque no quiero y porque, además,  no puedo; y si alguien lo hiciera que le sea desvelado que no es la despedida lo que hiere mortalmente; lo que realmente te lacera la existencia, lo que realmente te arranca el hálito indefectiblemente es la ausencia y en este caso tuyo, no ha lugar a ella.
Posiblemente, ni tu lo recordarás, lo primero que escribiste fueron aquellas novelas maniqueas de vaqueros, Quién sabe si tenías once ó doce, ¿Recuerdas? En un lado los buenos, en el otro los malos y cuando acabe la novela no queda nadie en pie, como  en “Mi primera piedra” pero eso fue ,seguro , antes de que tus alumnos de la Escuela de Comercio te llamaran el “profesor alpinista” por haber escrito “En la cima”. ¡Qué ocurrencias! Luego vinieron los ripios a duro (“Compre un reloj Espinosa y no piense en otra cosa”) y los artículos en “Primera Página”. ¡Ah! Y cómo olvidarnos del barman que te avisó de que en su terraza había un inglés famoso que resultó ser el señor Ernesto Hemingway con su reciente Pullitzer sobre algún estante, junto a algún retrato de leones abatidos. Me lo imagino gigante y blanco repantingado sobre la silla de madera pintada de azul en la Explanada y diciéndote con esa voz de caverna que deben tener los viejos cazadores de tiburones gigantes “¿Ha probado usted este Whisky?” –a esa edad tuya era normal tal pregunta- Pues no va a encontrar mejor ocasión que ésta. Siéntese y pregunte, joven.- Pero tú, amigo Enrique, ¿Cuántas vidas has podido vivir ?
Luego vinieron  “La primera piedra” y los premios, y la política y sus desavenencias, y “El paseante” y la Político Social y los cuartelillos y aquel Guardia Civil poeta que te llamaba de usted y que te usó de crítico-oidor, ¡Cielos qué condena! Y luego “El lugar más lejano”, “Sombras nada más”, “Un agujero en la luz”, “Todos los enanos del mundo” y “La lucha por la democracia en la provincia de Alicante” y Ovidi –qué recuerdos- y Joan Manuel, y Victor y Ana, y Moustaki, y Cela, y Buero y su retrato de Miguel en su escondrijo bajo los manteles almidonados de un buen hombre, y Alberti, y Yasir Arafat –y aquel belencito hecho a mano en madera de olivo que te regaló y que tu colocabas, cada navidad, sobre la tele para que los nietos lo vieran- y “La historia de Alicante contada a los chicos”, y las conferencias, y tus Gateras por donde nos escapábamos todos de la plúmbea realidad de los días, ¡Que levante la mano aquel que le pidió algo a Enrique y éste se negó! Nadie.
Dime ¿Cuántos artículos habrás escrito para los llibrets de hogueras? Cien o cien mil, qué más da. Enrique no sabe decir que no. No se puede negar a nadie. Mari Luz dice que si hubieras sido mujer, lo tuyo sería de aliviadero gratis, de manceba veinticuatro horas, de mancebía non-stop que dirían los modernos.
La primera vez que penetré en tu santuario me pareció atravesar aquella montaña del Himalaya que te llevaba de la ventisca y los riscos nevados al esplendor de la eterna primavera en Shangri-La. Y allí, adentro, esperé por un momento encontrarme a Gregor Samsa, disfrazado de hombre, rondando por la Mala Strana haciendo de cicerone para un Marlowe algo despistado, todo por encontrar a la Loren de Arroz Amargo y, sin embargo, de entre un libro y otro los pececillos plateados anunciaban despavoridos la llegada del obispo ignorante todavía de que se le había declarado “La batalla de las tetas”, contando algún misterio sacro a Sigfrido De la Gorce y al alquimista al que todos llaman Bardas, mientras, en la bahía del Baver más de setecientas naves se aprovisionaban de agua de la Fuensanta preparando el asedio de Orán.
Sentado a tu ordenador dirigías como Mehta la Filarmónica de Viena el concierto para personajes y tecnología en Mi Mayor cuando los solistas al presto se obstinaban en rebelarse –esto con la pluma y el papel no pasaba- .
¿Una milhoja? Son de Dalúa
Nos pierde el dulce

¿Qué tal si acabamos el café de hoy al son de “Take the ‘A’ train” del Duke? Mañana, si quieres, nos vemos el último concierto de Año Nuevo y, si acaso, nos perdemos entre los amores de Kafka y Felice Bauer; por proponer algo, total, tenemos todo el tiempo del mundo para ello.

El cronista nunca acaba su trabajo ¿Verdad? Le joda a quien le joda. En cualquier caso hoy en día y tal y como se remueve el fango, escribir una crónica de Alicante fiel y honrada sí es, amigo Enrique, escribir una verdadera “Antología de la aberración”.

Hablamos mañana.

El último caso de Teo Blas (Capítulo 8)

Capitulo 8

 ¿Y quien es él?, ¿A qué dedica el tiempo libre?

 Es norma de práctica policial no interrogar a una persona a solas, es obligatoria la presencia de dos agentes para un interrogatorio o visita domiciliar . De esta forma Pili y Kiko empezarían por la última planta para luego ir bajando hasta el entresuelo acabando con Demóstenes.

 Es un edificio de siete plantas. Con dos apartamentos por planta que se distribuyen a izquierda y a derecha de los ascensores. El domicilio del asesinado era el quinto derecha.

 Empezaremos por la derecha-insinuó Pili sin encontrar oposición por parte de Kiko que llevaba en la oreja derecha un auricular que parecía un comunicador de la línea policial pero era, en realidad, la retransmisión del partido del siglo retransmitido por la emisora nacional.

 Séptimo derecha: Marianela Juarez. Colombiana, Soltera, asistenta. Trabaja toda la semana y sólo vive aquí los sábados y domingos por la mañana. Trabaja para los González-Coria a dos manzanas de aquí, en los chalets de lujo de  Mirapuertas. Entonces siendo hoy miércoles, lo más normal es que no esté. Después de tocar el timbre abrió la puerta un hombre menudo, enjuto y de pelo lacio, moreno de piel y el pelo azabache.

 -Usted no es Marianela Juarez- dijo Kiko

 -No, ella no se encuentra

 -¿Vive usted aquí? – Preguntó Pili

 -¿En España no enseñan las placas?. Conozco mis derechos.

 -No , en España llevamos estos uniformes para que no sea necesario enseñar las placas. Conteste, no se me haga el listo.

 -Sí, vivo acá. Soy el hermano de Marianela.

 Acercándole una fotografía mía tumbado sobre la cama con un mal color de cara preocupante Pili le pregunta

 -¿Conoce usted a este hombre?-

 -Bueno, así tan muerto casi no lo reconozco pero yo diría que es el vecino del quinto derecha aunque así , sin corbata y sin gafas pierde mucho. Pero ese tatuaje en el hombro es suyo, sin duda. Alguna vez lo observé desde mi ventana dándose un chapuzón en la piscina. Es un tatuaje curioso. Sólo pone “Amor de madre”.

-Si, era muy típico de legionarios, militares y policías. ¿Puede decirnos cuándo fue la última vez que lo vio con vida?-

 -No.

 -¿Porqué?

 -Por que nunca salgo de este apartamento.

 -¿Nunca?

 -No, nunca

 -y ¿en qué trabaja?

 -En mis labores

 -Y ¿cuales son sus labores?

 -Observo.

 -¿El qué?

 -Todo lo que pasa

 -¿Y?

 -Espero a que lleguen de Andrómeda en sus diez mil naves para salvarnos a todos.

 -¿Y nunca sale?

 -No…, por si me lo pierdo, ¿sabe?

 -Comprendo.

 -Ha sido usted muy amable, procure no salir de la ciudad y mucho menos del planeta sin comunicarlo a la policía.

 -No voy a salir. No puedo salir de este apartamento. Ya sabe

 -Si , por si vienen.

 -Eso.

 -¡Goool!- exclamó Kiko dando un saltito, haciendo un gesto con el puño cerrado.

 -Mierda de fútbol. Porqué no tendré yo un compañero como Roque que odia el fútbol y todos los deportes y sabe de criminalística como nadie. Aprendería tanto con el…

 Pili tomó la decisión de hacerse policía viendo una serie de televisión. Luego descubrió que los malos de verdad no son como los de la tele, y que la gente se muere sin poder reengancharse a otra serie.

 Cuando Pili era niña –de lo cual no hace tanto- se enamoró perdidamente de su primo Asdrúbal que era policía local en el pueblo y varios años mayor que ella. Por cierto, a Asdrúbal tampoco le gustaba el fútbol. Cuando se lo encontraban por la calle del pueblo , Asdrúbal la saludaba llevándose la mano derecha a la visera de su gorra y diciéndole “señorita, el cuerpo a su servicio”. Esto la dejó marcada para siempre. Asdrúbal nunca supo de ese amor y se casó con la secretaria judicial.

 El padre de Pili –enterrador- murió de un sobreesfuerzo quedando su puesto libre y la familia desvalida. La señora Adela, su madre, hizo de enterradora desde entonces y hasta que sus piernas pudieron subir la cuesta que llegaba al cementerio.

 La madre de Pili enterró a su marido que era, también, el padre de Pili, una tarde de sábado.

 Los entierros de los sábados por la tarde dejaban a Pili sola en casa. Se aficionó a las series de Televisión y a las novelas de Agatha Christie. Era capaz de seguir ambas tramas al mismo tiempo. De hecho llegó a la conclusión de alguno de los crímenes antes que el guión. Lo mismo daba, de la serie o de la novela.

 Fue entonces, en esa ratificación de su sagacidad cuando decidió ser policía.

 Y aquí está, aguantando a un pelotudo.

 -Mierda- Dijo Kiko

 -¿Os han marcado?

 -No. Se me acabaron las pilas.

 -Bendita sea la tecnología arcaica de los electrodos.

 -Espera, le pediré al marciano, seguro que tiene un stock de pilas almacenadas.

 -Si mueves un pie hacia la puerta del marciano yo misma te introduciré las pilas por semejante sitio que sea necesario una lavativa para extraértelas o bien una purga.

 -10-4

 -¿Quien sigue?-preguntó Pili.

 Kiko había optado por permanecer ese día en un segundo plano dejando a su compañera toda la iniciativa del día.

 -Alexander Borniukov, Sevillano, treinta años, viudo , barrendero y tasador de fincas. Todos le llamaban Yuri.

 -¿Borniukov?

 -Si. No suena muy sevillano , ¿verdad?

 -Quizá se haya nacionalizado sevillano, o quizá sea hijo de extranjeros.

 -Sí, quizás.

 Al presionar el automatismo de llamada suena ¡O Chichornia!  Interpretada por el coro de los soldados rusos en concierto en una aldea cálida de la Estepa.

 La puerta se entreabre dejando un filo de luz por el que un ojo los escudriña.

 -¿Si?

 -¿Usted no es natural de Sevilla, verdad? – Preguntó a bocajarro Kiko

 -¿Cómo?

 Acercándole la fotografía Pili le pregunta si me reconoce.

 -Es el vecino del quinto; pero la última vez que le vi tenía mejor cara…… ¿qué han hecho con el cuadro?

 -¿Qué cuadro?

 -El que tenía justo encima del cabecero de la cama. Era un Sigfrido

 -¿Un qué?

 -Un auténtico Sigfrido Dueñas. Precioso.  En una ocasión me preguntó si conocía a alguien que pudiera valorárselo. Le presenté a mi primo, Manuel Ayala, tasador de arte y fontanero.

 -Comprendo… y ¿en cuánto se valoró?

 -No tengo ni idea, puedo darle una tarje de Manolo y ustedes ya le preguntan, no me gusta verme inmiscuido en ningún asunto policial.  No es bueno para mi negocio. Por cierto, ¿saben si la casa del finado está a la venta?.

 -De momento no. No sabemos si tenía familia

 -Bueno su hijo vive en el centro. Es inspector de hacienda y pintor.

 -¿no tendrá usted…..

 -Si, creo que tengo por aquí su dirección y su teléfono. Un momento- Cierra la puerta volviendo al cabo de unos minutos. Aquí tienen, pero no le digan que se la di yo. No es bueno para mi negocio tener en contra a un inspector de hacienda.

 -Dígame… ¿Cuándo le vio por última vez?

 -La verdad es que con mi primo tengo mucha relación por teléfono pero en persona es que no nos soportamos, es como si no fuéramos de la misma familia.

 -No. Me refiero al muerto.

 -Ayer

 -Ayer, ¿cuando?

 -Por la tarde. Creo que había terminado su turno en Comisaría y volvía a casa. Lo digo porque llevaba los zapatos en la mano. ¿Sabe? No le gustaba conducir con zapatos y cuando volvía a casa antes de subirse al coche se quitaba los zapatos para no ponérselos más hasta el día siguiente.

 -Parece que lo conocía usted muy bien.

 -No, en absoluto, pero es bueno para mi negocio llevarse bien con la policía.

 -Comprendo.

 -¿Le dijo algo?

 -Bueno si, cuando le vi le pregunté por cortesía cómo se encontraba y me contestó “Estoy matao Yuri”. Imagino que se era una forma de hablar.

 -Curioso y predictivo. Le ruego señor Borniukov que no abandone la ciudad y mucho menos el país mientras dure la investigación.

 -No tenía intención de marcharme a ningún sitio, está la crisis como para hacer turismo….

 Quitándole bruscamente uno de los auriculares Pili le dijo a su compañero que avisara a central para que mandaran una patrulla al domicilio del hijo del muerto. Probablemente todavía no supiera que su padre había muerto.

 –       10-4 central.  Que dicen que mandan un ceta.

–       Bajemos al sexto.

 Kiko bajó en el ascensor, Pili lo hizo por la escalera. Siempre estuvo muy concienciada con el cambio climático y el ahorro de energía.

El último caso de Teo Blas (Capítulo 7)

Capitulo 7

 Mami, ¿qué será lo que quiere el negro?

A la vecina del tercero derecha la conocemos todos como “la mami”. Más que por su edad porque nos trata a todos, menos a Demóstenes, como si fuéramos sus hijos putativos. En una conversación ocasional de ascensor le dije que con esta vida que llevamos tan ajetreada uno había perdido la sana costumbre de desayunar como Dios manda, las prisas, ya se sabe, lo hacen todo ligero. Desde aquel día me espera a la puerta del zaguán en zapatillas de cuadros rosas, bata de felpa a conjunto y los rulos del pelo impecablemente colocados con un vaso de leche calentita con cola-cao perfectamente disuelto con esa espuma suave que queda flotando en un buen batido y , para mojar, unas porras deliciosas.

La mami” vive aquí incluso desde antes de que se construyera este edificio. La familia de La mami había sido la propietaria de estos terrenos durante muchas generaciones.  Mami sólo puso una condición previa a la venta; quería seguir viviendo donde siempre. Nadie pudo negarse así que se reservó el piso a derechas de la tercera planta que ofrecía una vista hacia el arbolado de pinos y abedules que bordea el río y donde , de pequeña, Mami tendía la colada sobre los juncos.

Mami tiene dos gatos persas marrones, un perro terrier negro y un marido blanco. No se les conocen hijos pero sí sobrinos que, desgraciadamente y para su tristeza, no la visitan con demasiada frecuencia.

Muchas veces la he imaginado hablándole a los gatos persas marrones, al perro terrier negro y al marido blanco, sentada sobre una mecedora con respaldo de mimbre y una mantita sobre las rodillas, junto a la ventana de los pinos y abedules tomando una infusión de hierbas. Nunca pude negarme a unas buenas porras.

El científico rubio se quitó los guantes de látex y los guardó en una bolsa de reciclaje que llevaba atada a la cinta de tela de su bolsa de los Kiss. Era como un buhonero. De todas partes le pendían colgajos con cosas imagino que en algún momento útiles pero que le daban ese aspecto de un todo a cien ambulante.

Su coche no era mucho mejor.

Para no molestarle demasiado me dejé caer en el asiento trasero del escarabajo original de color fucsia. Conforme giró la llave del contacto comenzó a sonar la música a un volumen excesivo. “Hotter than Hell”. Mola. Me trae recuerdos de cuando fui heavy.

He notado que de vez en cuando el científico rubio mira por el espejo retrovisor como si hubiera notado una presencia extraña, es decir, a mi. Pero no es posible. Sólo un 1,3% de los vivos puede ver a los recién muertos. Los demás son engañabobos.  Además, un científico no se dejaría engañar por algo que no puede demostrar.

De todas formas, miraba por el espejo retrovisor de vez en cuando.

Cuando doblamos por Urruti en dirección a Mezcal, le oí decir: “Es como si no estuviera sólo”. Estuve tentado de someterle a una muestra palpable de que existe otra vida más allá de la vida pero luego pensé que no me interesaba un policía científico distraído del caso, así que después de soplarle en el pescuezo le dejé en paz.

Aparcó el escarabajo fucsia en la plaza 112 de la comisaría central de Puente la Reina pero se quedó en el interior del vehículo hasta que sonó el último estribillo:

Hot, hot, hotter than hell

You know she’s gonna leave you well done

Hot, hot, hotter than hell

She’ll burn you like the midday sun

A mi me  han confirmado que en el infierno no hay fuego ni calores sólo una tremenda ausencia de todo. Un vacío que te aniquila. Así que ella ya podía ponerte caliente mientras estuvieras vivo porque en el infierno hace más bien un frío húmedo y, ya se sabe, lo que mata es la humedad.

Cuántas noches de soledad soñé con una tía más caliente que el infierno que me hiciera un buen trabajito y que me dejara ardiente como el sol de mediodía. Pero eso está bien para la vida carnal, en esta en la que estoy ahora, sólo se busca compañía y en esta necesidad es mejor una buena empatía que un buen par de músculos pectorales. Ya dije antes que el tiempo y el espacio se miden aquí de forma distinta a como las medís los vivos. Aún así, casi lo primero que me dijeron al llegar aquí fue que esto iba para rato, así que buscar a alguien con empatía es una de mis prioridades.

Espero estar aportando datos interesantes para el verdadero conocimiento de esta forma de vida que os ayuden a transitar la vuestra con mayor alegría y alboroto y no como en un valle de lágrimas como nos han hecho creer.

Un dato más: “Los recién muertos podemos estar en dos sitios a la vez, no es la ubicuidad propiamente dicha pero si una pasada. Si no fuera así, nos aburriríamos una barbaridad”.

Los momentos íntimos de los humanos nos están totalmente vetados y la observación de los mismos puede acarrearnos multas de hasta ocho siglos de permanencia adicional. No he conocido a nadie de entre los recién muertos que se haya atrevido a delinquir en este sentido. Mujeres y hombres no muertos, podéis estar tranquilos. Vuestras intimidades e incluso vuestros pensamientos están a salvo.

Dirigiéndose al científico rubio alguien le grita “¡Manel!”, deduzco que ese es su nombre oficial. Manel no es nombre para un policía de la científica pero nadie elige ni su nombre y muchas veces ni su profesión.

-El jefe ha preguntado por ti varias veces. Que pases cuando llegues.

-Lo siento pero tengo que trabajar, dile que espere

-Díselo tu, mamón.

Manel se encierra en un despacho acristalado con vistas a todos los agentes. El habitáculo está plagado de ordenadores, microscopios y posters de Kiss y uno de la familia completa de Heidi incluida Clara, que adorna la puerta por dentro. Me hubiera gustado preguntarle esa curiosa admiración por la Heidi de nuestra infancia, si hubiese estado vivo.

Los que están acostumbrados a trabajar entre muertos suelen hablar en voz alta cuando están a solas y es que el aprecio de la vida y la miseria en la que nos convertimos cuando nos hemos muerto no se asimila fácilmente por lo que la mayoría de ellos saben que más lejos o más cerca hay algo que ha dejado ese montón de carne y que sigue teniendo conocimiento y sentimientos. Es una conclusión a la que llegan, según me han contado, prácticamente todos los forenses y enterradores.

-Veamos, amigo.  Hacía tiempo que no me tropezaba con un caso interesante como el tuyo. No hay síntomas de violencia ni hematomas premortem así que tienes toda la pinta de haber muerto mientras dormías plácidamente. Eso sí, aparentas haberte despertado con un tremendo sobresalto por lo que podría afirmar que sufriste un gran dolor repentino. Un infarto. Claro que el infarto es el causante de todas las muertes naturales y provocadas. Si el corazón deja de latir, “arrevoire” que diría Voltaire.

-Pero estas motas de polvo amarillo alrededor de la picadura delatan al autor de tu muerte. ¿Sabes?. Los asesinos son como los escritores o los pintores. Componen un escenario, crean los papeles y luego ponen a los actores. Cuando llegamos nosotros sólo tenemos que leer lo literalmente escrito y lo que se esconde entre las líneas.

-¡Vaya!. Me encanta esa teoría. Pero por más que pienso no llego a encontrar a alguien que quisiera mi muerte excepto El Rajao, La Cleptómana ó Demóstenes….Y quizás también un par de cientos de maleantes que metí en chirona a lo largo de mi vida de policía. Recuerdo ahora que el día dos de marzo, es decir , quince días antes de mi defunción, me llamó La Mami para decirme que alguien me buscaba.

Tras la apariencia pacífica de La Mami, se escondía una mujer de poderío, pequeña pero de las de posguerra, hecha al sufrimiento y al aguante. A La Mami no hay quien le tosa. Sería capaz de plantar cara a los más rudos mafiosos kosovares mientras prepara un alioli.

En una ocasión desbarató un atraco a la corsetería de Juana La Corsé amenazando al individuo con las ballenas de una faja lanzadas con unas bragas a modo de tirachinas,   mientras le gritaba: “Suelta esos sostenes y sal de aquí rápido,  antes de que me enfade”.

El individuo prefirió la deshonrosa huída.

-Hijo ¿en qué andas metido?. Ha venido buscándote un hombre de color

-¿De qué color?

-No sabría decirte, quizás marrón oscuro casi negro. Dijo que si querías seguir con las pelotas en su sitio deberías llamar a su jefe. Le he preguntado si tenías su teléfono y me ha dicho que si que ya te lo dio cuando te vino a buscar la última vez. ¿En qué andas, hijo?.

-No te preocupes Mami, no sé a qué se refiere, probablemente se haya equivocado de persona.- ¿Quién no ha mentido piadosamente alguna vez?-

-Pues te llamó por tu nombre y dijo que le debías no sé qué barbaridad de dinero a un tipo al que le llaman “El Roto”.

-Será El Rajao

-Eso.

Ahora, repasando mis últimos días, recuerdo que aquella visita me produjo una cierta desazón. Según La Mami era un hombre de color marrón oscuro casi negro como esos que salen en la tele, bestia, muy bestia, con unos dientes blanquísimos y una boca enorme que parecía dar dentelladas mientras hablaba. Se le hinchaba la vena del cuello y era, además, un cuello enorme y duro como un tronco. Totalmente calvo, las venas se le marcaban en el cráneo como si en breves momentos unas fuentes de sangre fueran a desparramar su viscosa sangre por todo el portalillo.

La descripción coincidía a la perfección con El Ikea, el armario negro de El Rajao. Lo contrató El Rajao al día siguiente de que yo y la barra del bar le cruzamos la cara.

Mami, ya sé lo que quiere el negro. Quiere que le pague la operación de estética al Rajao para borrarse esa raya que le cruza la cara como el Nilo cruza África. Después de la primera visita que tuve de El Ikea, éste me convenció con sus razones y le di una cantidad como adelanto. Ahora quiere más. Pero yo, yo ya estoy muerto. ¿Podría El Ikea haber sido tan sutil matándome que ni siquiera yo, el asesinado, me he enterado?. Hubiera acabado antes golpeándome en la boca del estómago una sola vez.

-No, no creo que fuera él.

Esto está empezando a convertirse en una pesadilla, menos mal, me dije, que los recién muertos no tenemos pesadillas porque, entre otras cosas, no dormimos.

-De todas formas no hay que abandonar la hipótesis de que me haya matado ese negro enorme de manos como ladrillos del quince. En cualquier caso hay que apuntarlo en la lista de posibles.

Manel sacó de dentro de la bolsa bandolera de Kiss la bolsita de muestras con el polvo amarillo,  lo colocó sobre un portaobjetos. Luego, colocándose las Rayban en la cabeza, observó atentamente por el microscopio.

-¡Lo sabia!.  ¡Ricina!- exclamó Manel excitado.

-¿Cómo?. ¡No puede ser!. ¿Ricina?.

Debe de tratarse de una prueba irrefutable porque Manel decide ponerlo en conocimiento de su superior y darle empaque al caso.

-¿Me llamaba, jefe?

-Si inspector Urrutia, pero hace ya tanto tiempo que no recuerdo para qué era…. ¡Ah! Si. El fiambre dormido. Quiero que este caso tome prioridad. El fiambre es un compañero de la de San Quintin, la trece.

-¡Empecé a sospecharlo cuando vi un 38 y una placa en la mesita de noche!

-Sin chorradas, Ridruejo, esto es serio.

-Estoy analizando las muestras. He encontrado restos de ricina bordeando la punción de la muñeca lo cual es una evidencia más de mi teoría inicial. Al pobre fiambre lo mataron mientras dormía. Necesito que me asigne personal.

-¡Que envidia! . Morir así debe ser un gustazo.

-Si quiere yo puedo hacerle el favor.

-Si quiere yo le puedo suspender de empleo y sueldo. ¿Qué personal requiere?

-Calculo que un par de agentes, de momento, habrá que inspeccionar el escenario e interrogar a los vecinos y conocidos del fiambre.

Desde el punto de vista de un no  muerto, llamar fiambre a un muerto es faltarle un poco al respeto pero, no sé si ya lo dije, a los recién muertos no nos afectan estos comentarios. Es más aquí a los vivos se os llama “casi muertos”, sin ánimo de ofender, claro está.

Acaban de notificarme mi bula para poder acompañar a la policía y si ha lugar intervenir de alguna forma no estruendosa para aclarar las circunstancias de mi muerte.  Es una buena forma de aplicar los conocimientos adquiridos durante mis años de servicio en el cuerpo. Un recién muerto que no sabe de qué ha muerto está condenado a quedarse en esta otra vida un buen tiempo de ahí que entre los recién muertos sean tan populares los policías científicos y los detectives privados. Aquí se sigue publicando El Caso. No por el morbo sino porque en ocasiones aparecen casos no resueltos y alguno se puede ver en las fotos.

-La ricina es una potente toxina contenida en las semillas de una planta llamada Ricinnus Communis que actúa inhibiendo la síntesis de proteínas al unirse de manera irreversible a los ribosomas eucariotas. Se obtiene del desecho en la fabricación comercial de aceites de ricino- dijo el científico rubio cuando caminaba a solas por el pasillo de comisaría.

No entiendo nada de lo que ha dicho pero imagino que eso debe ser malo y doler mucho. Creo que lo mejor sería empezar por averiguar dónde puede conseguirse esa sustancia en la ciudad.

-Habrá que intentar averiguar dónde se puede conseguir esa toxina.

-Eso.

Cuaderno de campo

Sospechoso número 4: Yamal Ek Boloundi, alias El Ikea, alias NoKepo

Sicario brutal del sospechoso número 2.

Su método preferido de asesinato es la rotación brusca del cuello de sus víctimas, aunque en cierta ocasión acabó con la vida de un repartidor de pizzas introduciéndole por la boca y sin masticar la masa enrollada de la pizza de peperoni porque, decía, estaba cruda.

Sospechoso poco probable. Su método no cuadra con la sutileza del envenenamiento.

El último caso de Teo Blas (Capítulo 6)

 Capitulo 6

Las cosas del querer

Demóstenes no es un mal portero de zaguán pero tiene un vicio que le supera y que estuvo a punto de llevarlo a cumplir condena en la provincial. Le salvaron la habilidad de su abogado y sus propias aportaciones jurídicas. Ya comenté que era aficionado a las series de abogados y coleccionaba términos jurídicos en una libreta de tapas azules. Se compró un memento impresionante y solía leer unas páginas cada noche a la luz de la lamparilla de la mesita.  Le relajaba como una valeriana caducada.

Pero su verdadero vicio era muy grande.

Técnicamente, a su vicio lo llaman “Síndrome de Diógenes” pero es, en realidad, una gran guarrada. No llega a los límites de los hermanos Collyer de Nueva York pero todo llega. Para comparar su gran guarrada con la guarrada enorme de los Collyer hay que estar muy enfermo.

Cuando él creía que nadie le observaba y al amparo de la oscuridad se dedicaba y aún lo hace, estoy seguro, a escudriñar y rapiñar nuestros despojos guardándose lo que creía oportuno y le apeteciera. Uno de esos días de farra volvía yo del Xanadú Deluxe cuando al doblar por Cánovas lo descubrí desvalijando la basura de María de las Mercedes, la vecina misteriosa del quinto. Supe inmediatamente que era la de María de las Mercedes porque es la única que utilizaría bolsas de Louis Voutton para tirar la basura, los demás usamos las propias del mercadona.

Parecía sostener una pieza de lencería fina que desde mi posición de observador entendí demasiado erótica para mi Maria de las Mercedes. ¿Quién sabe los misterios que encierra una casa?. Cuando me vio acercarme Demóstenes, desvelado su vicio, no pudo disimular. “La gente es que tira de todo, incluso paños de cocina”. No, no era un paño de cocina y él lo sabía perfectamente.

No tuve más remedio que denunciarle por violación de la intimidad. Así ,con el paso del tiempo, me gané un enemigo más y los vecinos de mi edificio se volvieron mucho más cuidadosos con los desperdicios. Hubo quien pensó que sólo era una enfermedad psicológica pero yo que creo conocer a las personas cuando las trato de tu a tu; sabía que Demóstenes sabía mucho más de nosotros que nosotros mismos. Por sus basuras los conoceréis, le oí decir en una ocasión al Joan Manuel, y efectivamente así era.

La comunidad de vecinos no tuvo más remedio que cumplir la sentencia dictada por el señor juez readmitiendo a Demóstenes en su puesto de trabajo puesto que, según entendió el puñetero, la basura una vez que sale del domicilio particular se convierte en un bien social, con lo cual el primero que la pille el primero que se la queda y que dada dicha laguna jurídica al respecto, no podía considerarse intimidad de nadie.

Siempre he presentido que Demóstenes guardaba una ficha pormenorizada de todos nosotros con información que pudiera utilizar en algún momento en su beneficio. Estábamos todos atrapados por la información que obraba en sus manos. Quien sabe, quizás a alguno de los vecinos le estuviera chantajeando ya. Mis vecinos como los de cualquiera son, en principio, buena gente pero una vez que uno se encierra en su casa y en su circunstancia las personas nos transformamos en otros seres, machos y hembras, capaces de cualquier cosa, incluso del vil crimen.

A Demóstenes no se le conocía relación íntima pero en esas conversaciones de ascensor en las que los vecinos nos sinceramos súbitamente, hubo de aquel que me contó de la visita a horas intempestivas de señoritas de la buena vida (de la buena vida de otros). Visitas que se prolongaban por espacio de una hora aproximadamente y que al cabo de ese tiempo la joven y Demóstenes salían del edificio entre risas y tumbos en dirección al Xanadú Deluxe. Otros opinaban que esas canas al aire que Demóstenes no prodigaba en exceso ocultaban un amor platónico con una verdadera mujer que le había despreciado por su condición laboral más que por su atractivo físico. Demóstenes no era feo, algo desagradable físicamente, pero no hasta el punto de ser feo. Era un hombre extrañamente normal.

Recuerdo que durante el juicio Demóstenes aseguró repetidamente que él no robaba la basura de todos los vecinos. Esta declaración junto a los comentarios de ascensor me hicieron llegar a la conclusión de que el objeto del deseo de Demóstenes era mi Maria de las Mercedes.

No es que fuera nada mía la Maria de las Mercedes, pero me gustaba esa forma de llamarla, era como estar cerca de los Dioses del Parnaso, cerca de la divinidad griega, cerca de un mito sexual prohibido y adivinado, de curvas y sexos ocultos bajo las blusas  bordadas de pedrería y encajes. Al otro lado del telón de acero de sus faldas y sus medias se adivinaba, siempre, incluso en los momentos más lúdicos e informales, un contorno marmóreo pero altamente abrasivo. Para sofocar los calores que provocaba en los vecinos cuando se producía un encuentro bis a bis en el ascensor con mi Maria de las Mercedes, ella sólo tenía que parpadear dejando que las oleadas de aire que mecían sus pestañas refrescaran la mente y los sentidos bajando caprichosamente la temperatura y presión arterial del individuo macho y, puede, que de alguna hembra.

El quinto izquierda tenía un felpudo rojo de fibra de coco con el contorno de un osito de peluche; me imagino que pisar ese felpudo era como la antesala de la lujuria y el deseo. Al menos eso me había imaginado yo hasta que un día, una tarde de mayo, mi María de las Mercedes llamó a mi puerta.

Cuando por la mirilla la observaba vestida de negro riguroso con un velo rejilla que le cubría media cara y un sombrero casquete, noté como el corazón  me pasaba de cero a cien y mis manos rezumaban sudor. Me repeiné, me arreglé la corbata y abrí la puerta.

-Querido vecino- me dijo- ha fallecido mi ama de cría

-No sabía que tuviera usted hijos

-Es la madre de mi perra

-Vaya

-Necesito que me haga usted el favor de cuidarme al cachorro, no quiero que pase por el trance de ver como incineran a su madre, es muy joven todavía para ver en lo que nos convertimos cuando morimos. Prefiero que la recuerde paseando por el parque.

-La comprendo

-Estoy destrozada.

-Tranquila, la entiendo perfectamente, pierda cuidado, cuidaré de su perra con todo mi cariño pero ¿no la ha subido?

-No, no soportaría un cambio de ambiente tan radical. El ruego conllevaba que se traslade usted a mi piso, al menos, durante esta tarde. Regresaría sobre las diez de la noche, quizás luego podamos cenar algo en compensación.

Al fin la vida me sonreía. Había sido invitado a habitar la morada de esa diosa de la imaginación y el vicio inventado.

Era como si la perra entendiera la situación.

Se quedó recostada sobre su alfombra junto al ventanal y no se levantó ni para sus necesidades fisiológicas naturales. De vez en cuando, mientras yo revolvía todos y cada uno de los cajones de la vivienda, la perra me miraba como diciendo, frío, frío.

Cuando detrás de uno de los cuadros del salón descubrí un pequeño estante oculto. Entonces la perra me miró para indicarme que me quemaba.

Anudada graciosamente por un lazo fucsia encontré un montoncillo de cartas abiertas y amarillas. No me atreví a deshacer el lazo por temor a que mi torpeza en esos menesteres delatara mi curiosidad. Lo único que vi, boquiabierto, fue el nombre de Demóstenes en el reverso del último sobre.

¡Así que era cierto!, Demóstenes bebía los vientos por mi María de las Mercedes. Pero, ¿habría conseguido beber algo más alguna vez?. De pronto me sentí absurdo y engañado.

Cuando volvió mi Maria de las Mercedes cenamos y tomamos de postre una noche loca de brut con fresas sobre el edredón de plumas de oca de su cama.

En resumen, Demóstenes tenía varias razones para odiarme y, lo que era más peligroso aún, tenía la llave maestra de todos los apartamentos. Demóstenes era, sin lugar a dudas, mi sospechoso número uno. Claro que según avanzaba en todo esto iban apareciendo más sospechosos.

Es increíble. Uno se cree durante toda su vida que es un hombre bueno pero es morirse , repasar lo hecho y te das cuenta de que siempre se hiere a alguien.

CUADERNO DE CAMPO

Sospechoso número 3: DEMÓSTENES GARCIA DE RIDRUEJO, alias Chacho, alias Travolta, alias Ironside

Juzgado por violación de la intimidad por hacerse usufructuario de nuestros despojos. Denuncia presentada por mí en el Juzgado de Primera Instrucción número 3 de Alicante

-Se debería hacer un registro domiciliario en busca del posible veneno. (Proveerse de mascarillas)

El último caso de Teo Blas (Capítulo 5)

Capítulo 5

Era alto y rubio como la cerveza

Van siendo las diez y estos de la científica se hacen de esperar. Este bicho empieza a oler –Afirmó el nacional más veterano. La barriga le saltaba por el cinturón como en una desesperada huída. Probablemente si estando de pie se mirase la punta de los zapatos sólo vería el botón reventón de la camisa. El bicho oloroso debía ser mi cuerpo sin vida.

Por el talkie-walkie avisaron de que estaban subiendo. Cambio y corto.

Ya podías haber hablado antes, joder –Le increpó el otro nacional mientras se repeinaba el bigote mirándose en el espejo del armario empotrada sentado en la cama, a mi lado.

El novato cinéfilo sólo permanecía hierático y preocupado, todavía impresionado por el graffiti y su circunstancia.

Entró entonces en la habitación un joven alto y rubio como la cerveza, ataviado con unos bermudas de color caqui hasta las rodillas y unas chanclas de fuera de temporada, aunque el las llamaba de outlet. La camisa, al menos, estaba limpia y planchada, probablemente vivía sólo y una vez a la semana su madre le hacía la plancha. Tenía el aspecto de un guiri en Benidorm. La cámara réflex colgada del hombro y una bolsa de tela de los Kiss en el otro.

Mientras la cara de Gene Simmons, bajista de los Kiss, me miraba sacándome esa tremenda lengua como si se mofara de un fantasma, el científico rubio ordenó a todos que se fueran y abroncó al del bigote por haber dejado restos biológicos sobre la cama por lo que, para descartar su personalidad le pidió que abriera la boca y le metió un cepillo para muestras de Adn Mitocondrial.

De la bolsa de los Kiss el científico rubio sacó una cassette excesivamente grande que colocó sobre la mesilla, imaginé que para dictar notas de voz pero me equivocaba. Le dio al play subiendo el volumen. Fue entonces cuando empezó a sonar el tema de “killer” de los mismísimos Kiss. Me pareció poco acertado para el lugar y el momento pero al científico rubio aquello le ayudaba a concentrarse. Era un hábito que contrajo , junto con una venérea leve, en sus años de universitario. Volvió a apagar todas las luces de la habitación y cerró la ventana. La oscuridad era total, cosa que a los muertos recientes curiosamente no nos impresiona. Sacó de la bolsa de Kiss una linterna de luz blanca y potente.

Quien habrá sido el gilipollas –dijo

Lo sabía, sabía que se mosquearía –nunca mejor dicho- cuando comprobase que la incisión de la muñeca era de una picadura de mosquito y no una prueba de asesinato.

Esto es una picadura de Aedes albopictus , gilipollas. Ahora, estos roces de aquí ya no me cuadran mucho. Parecen abrasiones provocadas por alguna cuerda o cintillo para inmovilizar al individuo.

-¿Cómo?

El científico rubio hablaba en alto aunque se sabía sólo o quizás había llegado al descubrimiento de que cuando un muerto aparece cerca, muy cerca, se encuentra su muerto reciente.

-¿Abrasiones?

Uhmm, las pupilas dilatadas, la posición boca arriba, las abrasiones en manos y pies y estos restos de polvo amarillo bordeando la incisión pueden indicar, efectivamente que estamos en el escenario de un asesinato.

Sacó de la bolsa de los Kiss un sobre de plástico y recogió el dichoso polvito amarillo que yo no reconocí.

Llamó a los nacionales y les preguntó mientras el flash de su cámara iluminaba a centelladas la habitación. ¿Quién más ha estado aquí?.

-Sólo el juez de guardia

-¿Cual?

-El de las Converse

-Lo sabía.

Este cabronazo va dejando restos de césped artificial por donde va. Todo para que sepamos que juega al golf en su propio jardín. Este escenario está intoxicado pero creo que con las pruebas que tengo podré hacer un estudio preliminar. Avisen a la morge, este tío ya empieza a oler.

Lo siento amigo, le dijo a mi cuerpo dándole un cachete en el moflete, a ti te han hecho pupita unos niños malos pero vamos a trincarlos, tranquilo.

Realmente no era culpa del muerto. La descomposición no se puede controlar. Si hubiera sido un día normal olería a fragancia pour l’homme pero no tuve oportunidad.

El científico rubio había arruinado mi ilusión de haber muerto en paz.

Ahora tendría que acompañarlo para saber cómo discurría la investigación y poder descansar en paz. ¿Sería posible que mientras dormía alguien me hubiera envenenado?. No tengo síntomas de violencia. Pero, de ser así ¿quién y para qué?. Mi tesoro más valioso es el televisor y ya tiene diez años. Pero, según los nacionales, no había síntomas de robo ni tampoco de lucha por lo que habían descartado ya ese móvil.  La puerta no estaba forzada por lo que o bien el asesino había sido invitado por el muerto o bien tenía llave del piso.

¡Yo asesinado!. Pero si siempre fui un tipo que no le importó a nadie. ¿Qué buscarían en mí?. ¿Por qué yo?.

Tendré que pedir una bula especial para dejar de acompañar a mi cuerpo y marcharme con el científico rubio. En casos como estos los de arriba siempre te dan permiso pero la burocracia es así. No hay que dar nada por hecho ni por dicho. Redactaré la solicitud en papel timbrado, según consta en las instrucciones para estos casos. La burocracia aquí es tan absurda como necesaria. Somos muchos los recién muertos y controlarnos necesita de una maquinaria y de una estructura estamentaria digna y, en ocasiones, complicada pero es la única forma de que los de arriba sepan donde estamos cada uno de nosotros, de los recién muertos quiero decir, por si en algún momento empieza el Apocalipsis y tenemos que actuar. Todo tiene que estar sincronizado cuando se trata de movilizar a tantos.

El último caso de Teo Blas (capítulo 4)

Capítulo 4

Apoyao en el quicio de la mancebía…

A espaldas del edificio donde vivo hay un lupanar de nombre internacional y de renombre comarcal. Hasta principios de los años noventa al lugar lo llamábamos todos “La Trini”; así se llamaba la dueña. Aproximadamente a mediados de 1.992 cambió de dueño y de estilo aunque algunas de sus empleadas seguían siendo las mismas. Ahora se llama “Xanadu Deluxe”.

 Entré en el antro un par de veces en mi vida  y la verdad es que las disfruté sin llegar a pagar por sexo explícito. Es curioso pensar ahora en las burradas que uno hace por sexo y las burradas que uno deja de hacer por amor. Que equivocados estáis los vivos. Yo también lo estuve hasta anoche. Ahora, como recién muerto que soy necesitaría tanto una señal de amor que por él daría mi tercera vida. Sin embargo el sexo, como queda en un plano más físico, ya no me llama la atención, incluso un beso es cosa pasajera. Una señal de amor queda.

 Lo cierto es que cuando visité el Xanadu Deluxe yo andaba más vivo que nunca y algo achispado por la cerveza. No recuerdo qué celebrábamos , quizás nada, quizás fue una canita al aire, el caso es que acabábamos siempre poniéndole billetes de veinte en el tanga a una chica que fumaba mientras bailaba y nos miraba con un desprecio burlón.

 En un movimiento curioso sus caderas se balanceaban de derecha a izquierda mientras unos incipientes michelines flácidos lo hacían de izquierda a derecha. Pensándolo ahora fríamente no entiendo que tipo de libidinoso enjuague nos emulsionaba a seguir berreando a aquella pobre muchacha que seguro que hubiera estado mejor en bata y zapatillas de felpa, tumbada en el sofá viendo “DECAEH”  (las iniciales de los programas de televisión vienen siendo un ridículo en un intento de dar un caché imposible a un gallinero de lentejuelas y fiestas de guardar –Donde Estas Corazón A Estas Horas-). 

 No sé cuántos güisquis bebí entonces pero tan aguado era que no nos hizo más reacción etílica que la que ya llevábamos en el cuerpo. Acabamos tendidos en unos sofás de sky negro agujereados de cigarrillos y dedos curiosos.

 Conforme acabó el numerito, un tipo alto y rudo pero de modales obscenos y una camisa abierta hasta el estómago que dejaba ver un gran crucifijo de oro y piedras de colores, se dirigió a la chica y casi sin mediar palabras la bajó de una oreja del escenario y le gritó hasta hacerla llorar.

 A este bestia parda de niño le llamaban Toni “el piernas”. Mercadeaba con golosinas y juguetes chinos a la puerta de su propio colegio. Cuando conseguía reunir la cantidad suficiente de dinero, lo invertía en apostar por sí mismo en carreras de barrio, una especia de media maratón de cuatro o cinco participantes, en las que se llegaba a mover una cantidad de dinero que oscilaba entre los cinco y los diez duros.

 El piernas era bastante más alto que los niños de su edad y no había, en su cuerpo, asomo mínimo de masa magra ni mucho menos de grasa. Pintado de oscuro hubiera pasado sin problemas por un corredor keniata participante de la San Silvestre capitalina.

 Así, carrera tras carrera, se ganó el apodo y una pequeña fortuna en monedas de cinco duros. Nunca se le hubiera ocurrido colaborar a la economía familiar. El sólo iba a casa como de acogida, a comer –no mucho- y , sobre todo, a dormir. Digamos que en su familia cada uno tiraba para un lado distinto y todos coincidían esporádicamente en la casa a la hora del almuerzo y a las horas del sueño.

 Nadie pensó nunca en cómo era posible que todos los días hubiera un plato de caliente para cada uno y que las sábanas de la cama, de vez en cuando, olieran a limpio. Nadie pensó en ello y el que, ocasionalmente, lo hizo llegó a la conclusión de que debía tratarse de un miembro de alguna ONG que atendía la casa con la precaución de no molestar a nadie.

 Uno de aquellos días de carrera El piernas volvía a casa cuando se encontró un tremendo alboroto de policía y ambulancia en la puerta. Dicen que aquella mujer que encontraron muerta en la cocina era su madre y quien la encontró, un hombre maduro y sucio era su padre. Los platos estaban en la mesa y la sopa todavía caliente, así que se sentó y comió. Había quedado pronto con Huan Li, su proveedor.

 Por esos lances que propicia la enajenación del alcohol me dirigí a aquel animal de la calle y las facas para increparle su actitud ante la señorita.  Seguía teniendo las piernas más grandes que ninguno y el cuerpo se había rellenado de esteroides y masa muscular. El piernas le seguían diciendo El piernas.

 El primer guantazo no me hizo daño pero me colocó en posición fetal sobre el suelo del lugar. Pronto cambié a la posición decúbito prono para luego más tarde apoyarme tembloroso sobre el suelo. Me levanté casi sin dolores en el cuerpo y le recriminé de nuevo. Ella me miraba extrañada, mis compañeros hacían apuestas. Este segundo guantazo ya me dolió como dos. Y en una pirueta indescriptible acabé al otro lado de la barra con la chaqueta rota por su mitad y la camisa con los botones perdidos.

 -Acabas de firmar tu sentencia de muerte- le dije- sabía que le decían El piernas por lo que calculé que la huída podría ser un mal mayor.

 La mirada de ella se tornó entonces esperanzada e incrédula y creo que incluso se apiadó de mi. Me vinieron a la cabeza como escenas de mi vida a todo color, las clases de kárate y aikido que recibí en el club de Pepe Terrons junto al arrabal, con sus pósters de Bruce Lee y vistas del Fujiyama. Mantis religiosa, dar cera, pulir cera, la grulla.

 Cogí la escoba que estaba apoyada junto a la barra y la partí en dos con un golpe de rodilla que me dolió pero no lo aparenté. Hice un movimiento de rodillo y acabé en la posición del tigre blanco para luego iniciar un ataque similar al de la mantis religiosa. No me salió muy académico pero acabé dándole en el centro de la cabeza a unos dos centímetros de la raya milimétrica de su pelo. Le deshice el tupé y lo dejé ciertamente aturdido. Se me quedó mirando con mucha rabia hasta que, pasados unos segundos, el calentor del riachuelo de su propia sangre le corría por la frente. El piernas era el hombre más macho de todos los barrios en los que vivió pero tenía un problema grave, no aguantó nunca la visión de la sangre, según me dijo Maria Encarnación , la bailarina regordeta, así que cayó fulminado sobre el borde de la barra haciéndose una brecha que partiendo desde la ceja derecha le recorría el pómulo hasta alcanzar la comisura del labio. Acababa de ser marcado para todo el resto de su vida. Ahora le llaman al Piernas le dicen El Rajao, por esa graciosa cicatriz que le discurre por la cara. Dicen que juró matarme en algún momento, por eso siempre que salgo a la calle lo hago con zapatillas “Nike Air” por si surge la necesidad de salir corriendo delante de El Rajao. Siempre miro a ambos lados con cuidado y precisión y luego me adentro en la jungla del asfalto.

 No tengo esta hazaña como un éxito de mi vida pero reconozco que durante un tiempo en el barrio me saludaban y a mi paso oía siempre que decían: “ahí va, es él, el rajador”. Me hinchaba como un pavo.

 No volví al Xanadu Deluxe nunca más. Cambié de lupanar. No volví a tener noticias de El Rajao hasta unos meses después, pero si de Maria Encarnación a la que me encontré un día en el supermercado y acabamos hablando de mandarinas dulces en mi cama.

 Nunca me gustó alardear de mis conquistas pero llegado a este punto y en este estado de recién muerto puedo decir que si bien no fueron muchas sí de calidad. Ninguna de ellas pidió el libro de reclamaciones.

 Reconozco , también, que supe apartarme a tiempo de algunas de ellas cuando observé que casi por olvido iban dejando objetos de higiene personal en mi piso. Es otra de esas estupideces que uno comete en la vida de las que nunca llega a arrepentirse del todo.

CUADERNO DE CAMPO

Sospechoso número 2: TONI alias “El piernas”, alias “El rajao”, alias “Palo Grande”

No es por alardear pero le pegué tal paliza que de seguro aún se acuerda, igual que yo. Su prestigio cayó en picado después de aquello pasando de proxeneta de lujo a portero sin pinganillo.

-En cualquier caso, evitar en lo posible un enfrentamiento cuerpo a cuerpo con él.