¡Lucía!

 

(I)

Grité tu nombre y no me contestaste ¿Acaso no me oíste? Alguien que caminaba contigo, cerca de ti, y que no pude reconocer, se volvió hacia mi ¿Acaso tu no me oíste? Aquel desconocido te dijo algo al oído pero continuaste andando ¿Acaso tu no me oíste? ¿Acaso no te importaba oírme? ¿Era ese el que te hace feliz? Dime ¿No querías oírme? No, seguro que no querías.

Y seguiste andando calle abajo, sobre los adoquines mojados, sin importante los charcos ni los gatos, sin paraguas y sin prisas. Nada te importó, nada os importó.  Y grité de nuevo tu nombre aún más fuerte, sé que esta vez me oíste, lo sé porque agachaste la cabeza cuando mi voz te alcanzó, pero no te importó, no te importó dejarme ahí, asomada a la ventana como un suicida aprendiz. Nada os importó.

Cuando desaparecisteis bajo los soportales de la plaza, la joven que achicaba agua del portal me miró quizás queriendo llamarse como tu.

Me quedé allí, asomado, con la lluvia rompiendo el silencio de la calle y mi vida. No sé exactamente cuánto tiempo estuve debatiéndome entre la lluvia y las lágrimas pero ya anochecía y los farolillos de papel chino se encendieron en olas rojas y azules calle abajo. Alguno de ellos al contacto con el agua de lluvia explotaba en brillantes y un leve humo blanco, como si fuera su propia alma, bailaba entre las gotas esquivándolas para elevarse hasta los primeros pisos.

Sonó de pronto una guaracha en la cantina y a su son algunas sombras reflejadas sobre el piso se enzarzaron en un espasmo calmado y bonachón. Como si los olores del ron sobre la madera de la barra actuase como las sirenas del mar, comenzaron a llegar uno tras otro, vividores, marineros, tullidos, harapientos, abogados y periodistas del turno de noche.

Los periodistas, que por naturaleza lo otean todo buscando donde nadie algo que contar, me miraron intentando imaginar el porqué de mi actitud asomado semidesnudo a la ventana. Quizás esperaban que fuese un suicida experimentado y me lanzase por ella para desparramarme y tener así algo nuevo que contar.

(II)

-Creí que ya habías hablado con él. Creí que todo estaba claro ya

-No hace falta que me susurres al oído, nadie puede oírnos. Todo está claro ya

-¿Entonces? ¿Por qué grita tu nombre de esa manera?

-No se. Le gusta asustar a las palomas y arrepentirse de todo repentinamente. Siempre lo ha hecho. Nunca soporté que lo hiciera.

-¿Entonces?

-Entonces nada, ¿Vale? ¿Es que te arrepientes tu de algo?

-¿Yo? Creo que no

-¿Creo?

-Si, creo. ¿Te das cuenta de que me estas forzando a que te conteste que no.

-Vaya hombre. Te fuerzo. No había oído hablar nunca de una mujer que deje a un hombre por el amor de otro y que, en el transcurso, deje a este último por nadie.

-Tu siempre fuiste muy original, ¿Me has dejado?

-Espero no volver a verte nunca más.

-¡Lucía!

-Otro eco de mi nombre.

(III)

Seguramente la culpa la tenga él. Lo digo por la desesperación, por la soledad que desprende su grito. Conozco ese llanto perfectamente. Claro que la que sale del brazo del otro es ella y no el que se queda ahí, míralo, enjaulado y olvidado en el balcón como un canario mudo.

Cuanta razón tienen los que se refugian  en el dicho de que la belleza está en el interior. Yo a ésta no la veo como para que dos hombres se la disputen a gritos de forma que en algún sitio de su interior debe haber algo bello. Profundamente escondido.

Maldita agua de lluvia. Malditas escalinatas. Me rompe los riñones tanto achicar agua. Se me clavan como dos punzones cada vez que me doblo para recoger el cubo lleno de agua y ese movimiento para echar el agua fuera del portal acaba por romperme el cuerpo.

Está claro que cuando decidieron vivir juntos esos dos fue porque algo sentían el uno por el otro, pero quizás aquello no era amor, el amor , sino un sinónimo. Algo parecido, pero no lo mismo, como el agua y la ginebra. Parecidos pero terriblemente distintos; así que cuando uno de ellos echara mano de esa reserva de amor que a todos nos urge en algún momento, no encontraría nada, sólo agua, el vacío o aquel sinónimo de letras de celofán. En esos momentos de desesperación y deseo no valen sinónimos; una , en esos  momentos, busca el de verdad; el que te hace erizar la piel y mirar desde lo alto todo lo demás, esa sedosa, elegantemente floral y cálida extravagancia de especias que tienela G-Viney no un vaso de agua del grifo. Pero resulta, fatídicamente, que lo que una siempre tiene más a mano es un grifo. Y así sucesivamente.

La verdad, chica, hablar contigo que nunca me contradices y que, además, tu mundo es tan igual al mío y tu tan parecida a mi, no tiene aliciente alguno ¿Sabes? De vez en cuando podrías escaparte de tu espejo,  de ese charco del suelo, tan húmedo, tan seguro y vivir un poco más, digamos, apasionadamente. Te lo digo como amiga tuya que soy y porque, después de tanto tiempo creo que te he cogido cariño. Pero, ya sabes, ese cariño descafeinado y desnatado que se le coge a alguien que no es de tu sangre y que, además, vive esa vida de supuesta liturgia diaria que tanto me molesta ¿Sabes? Prefiero, como tu la llamas, mi vida de montaña rusa. Ya me gustaría a mi ver lo que haces cuando no e4stoy delante de ti.

Mírales, allá van los dos, calle abajo. Quizás comience una vida nueva para ellos, o quizás acabe la buena vida para ambos. Nunca se sabe. La vida es como un melón de agua; a pesar de que algunos dicen que saben si está verde o maduro dándole un golpe seco en la corteza, nunca lo sabrán de cierto hasta que no se resquebraje. El ruido, tanto como el silencio, siempre es una premonición de algo.

(IV)

-Alguien tendría que denunciar el hecho de que subir estas escalinatas con un carro de la compra es algo inhumano, un rompe-espaldas, un crimen, un pecado, una sentencia de un político.

-Un crimen y un castigo peor que el de Tolstoi, di que si.

-Cierto

-Mírales, ahí bajan. Seguro que han dejado al pobre Jesús tirado como un guiñapo, escurrido, desheredado

-Seguro. A esa pelandusca se la veía venir. Pobre Jesús, mira que le advertimos veces de que esa no le convenía.

-Pues qué quieres que te diga, yo, personalmente, no cambio a nuestro Jesús por ese barrabás pelón; por muy joven, guapo, rico y moderno que sea.

-Lo bueno, querida, es que nuestro Jesús se nos ha quedado libre y además en ese estado catatónico que tanto favorece el aturdimiento y la fragilidad de sentimientos. Es decir lo ha hecho apto para ser enredado por unas marujas como nosotras que, al fin y al cabo, somos mujeres, ¿no?

-Eres una zorra, querida amiga. Lo mejor será que pongamos nuestras propias reglas y límites. No quiero que acabemos tiradas por los suelos enganchadas por los pelos por un hombre. ¡No, por Dios! Sería tan vulgar ¿Crees de verdad que valdría la pena romper una amistad de tantos años?

-No tantos, bonita, que ambas somos jóvenes. Además, el Jesús tiene para las dos, seguro.

-Cierto

-Cierto

-Pues yo miro a estos dos bajar por la escalinata y es que no los veo como pareja estable

-De hecho parece como si discutiera

-Es normal

-¿Ah sí? ¿Tu crees?

-El día que yo dejé tirado a mi ex no estaba como para carantoñas ni arrumacos, me hubiera comido a cualquier por los pies, incluso a Jorge Negrete.

-¿Y hoy no?

-Bueno, hoy también, pero es otra forma de morder

-Con los dientes de goma

-Eso ¿Te imaginas?

-¡Lucía!

-¿Ves? Ya te dijo yo que esta pareja que sobrevive de la carroña de otro no dudaría mucho.

-Vamos, mucho no, es que no ha durado ni un paseo

-No. Es mejor así, creo yo. Se les veía que no tenían futuro; ella tan vulgar, tan entrada en años y el tan joven, tan guapo, tan rico y, sobre todo, tan moderno, con esos tatuajes y esos brazos esculpidos.

-Todo lo malo de la vida tiene una cara positiva

-¿Ah si?

-Si. Ahora ya son dos solteros más para nosotras

-¡Qué zorra eres!

(V)

Café con Cheche

-Dime negro ¿Por qué te llamaron Cheche?

-Según me contó mi mamá, la negra que la atendió en el paritorio le dijo que nací cuando yo quise y no cuando por naturaleza me tocaba “Se nos puso cheche” le dijo. Y desde entonces todos me dicen así

-O sea que naciste cabezón

-Ustedes acá dirían “chulo”, “bravucón” o quizás “perioditsta”

-¡Que jodio el negro! Anda acércame el ron que necesito olvidar

-¿Tu? Anda ya, ese de ahí, ese… el que anda gritando el nombre de una mujer por la balconada, ese si que necesita un ronazo, pero de los buenos, a pechoo abierto.

-Algo de cuernos, seguro..

-No se, aquí el periodista sacabasuras sos vos, yo sólo le sirvo el ron, la música y a tu mujer también.

-¡Jodido negro!

-¿Esa que baja no es la tal Lucía?

-¿quien? ¿La que va con ese pelón tan guapo, tan rico, tan joven y tan moderno? Ya lo quisiera yo para mi. ¡Óyeme chulo! ¡Me llaman Lola y soy la de la frutería de ahí abajo! Cuando esa se canse de ti también puedes venir a buscarme ¡Guapetón! ¡La concha de tu madre!

-Lolita, negra, no tengo más remedio que decirte que nos desprecias

-No mi negro, no hay comparación. No la hay. Ese es sólo un pastelito y no un hombretón como vos, Cheche

-No la habrá pero un hombre que se mete en el matrimonio de otro para llevar a la mujer, no se puede comparar más que con los chanchos por muy guapo, rico, y moderno que sea.

-Envidia de cuerpo, mi negro, eso es lo que tu tienes

-¿Yo? No Lola, yo ya tuve a la mujer que quise y no ha nacido otra semejante. No conozco a nadie que haya querido y sentido como yo, eso, mi Lola, ni ese jovenzuelo ni otro te lo van a hacer sentir. Él debería envidiarme a mi, por lo vivido.

-¡Jodido negro!

-Cuando monté este café ya sabía yo que me caería algún borracho pesado, siempre hay uno en todos los cafés, lo que no podía imaginar es que, además, iba a ser un jodido periodista sacabasuras… ¿Cuantas llevas?

-¡Eh, negro! Que sólo llevo dos, deja la botella, anda

-Dime Fidel ¿Qué crees tu que ha pasado con esos dos?

-Mira Lola, yo creo que el problema de verdad lo tienen ellos dos y que ella es sólo una excusa, un imprevisto, una mala coincidencia

-¿Tu crees?

-Si. Los he visto muchas veces juntos a los dos pero nunca a los tres. A ellos dos, quiero decir. Eran, saltaba a la vista, más que dos buenos amigos, no sé, quizás como si fueran familia o hermanos, o simplemente maricones

-¿Ah si? Pues a mi frutería nunca vinieron juntos ellos dos

-No, claro. Salían siempre a última hora de la tarde, cuando ella ya se había marchado al hospital. Había veces, cuando estaba cerrando, que los veía venir entre risas escaleras arriba, se despedían en la puerta con un abrazo y un beso y el joven, moderno, guapo y rico, -como tu le dices- volvía sólo sobre sus pasos, escaleras abajo, volviéndose de vez en cuando para levantar el brazo y saludar al otro que se quedaba apoyado en el portal hasta que desaparecía bajo los soportales.

-¡Jodido negro! No se te escapa una

-Vosotros los españoles seguís pensando que una manzana y una pera no suman dos frutas. Allá en mi tierra una fruta y una fruta, sea cuales sean, suman siempre dos frutas. Piensa en ello tú, Lola, que eres frutera cuando tengas dos pepinos en las manos.

-¡Vaya! Eso  si que tiene morbo. Creo que sería el primer caso en esta ciudad. ¿Crees que se tirará por el balcón finalmente?

-Ya salió a recoger el sacabasuras.

-No me niegues que la noticia puede ser de interés local

-Pues no. No creo. Cállate la boca, anda, periodista de mierda. Deja la vida pasar y mientras pasa, chancho, tómate otro ron, paga el Cheche.

 

 

oOo

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