Sobre mi

Daniel R. Moya Fuster

En algunos pueblos moriscos de viejo de la zona el día veinticinco de Abril es el día del cabrón porque en esa fecha se conmemora la famosa batalla de Almansa, en plena guerra de Sucesión española, por cuya victoria de las tropas borbónicas se perdieron los fueros valencianos y otras cosas dignas de recordar siempre. Pues como si de una premonición bíblica se tratara decidí abandonar el vientre materno tal día como un veinticinco de abril del año de nuestro señor de mil novecientos sesenta y tres. Las cuentas para los matemáticos y para hacer collares.

En ese mismo mes de ese mismo año nacieron Gary Kasparov, Julian Lennon y María del Monte, entre otros. Cuando yo nací en el reparto ya no quedaban ni genio ni figura así que me quedé con lo puesto en ese momento –el cordón umbilical de mi madre-

Según cuentan las crónicas, nací en casa de mis padres –como se hacía entonces- armando el alboroto propio de tales circunstancias y alguien al verme por primera vez gritó: ¡Cielo santo!, luego con el paso del tiempo me convertí en un niño normal.

Creo que mi vida cambió el día que tuve aquel accidente con el triciclo rojo con volquete y del que guardo, como recuerdo y estigma, una cicatriz en la sien derecha. Lo creo firmemente porque mi madre –que fue la que se llevó el susto- me decía que me quedé como ido durante unos segundos.

Personalmente creo que nunca volví. Que me quedé en ese mundo intermedio y a crédito que es el limbo y que ese que volvió no soy yo sino un intruso. A partir de entonces me engordaron hasta los párpados y mis problemas de salud mental no he podido ocultarlos a nadie. Vivo en el vagón de madera de una montaña rusa, subo, bajo, vomito y vuelvo a subir y vuelvo a bajar y así indefinidamente. Mi humor es cambiante como una pluma al viento. Cuando me sale el día gracioso he de reconocer que estoy realmente ocurrente pero cuando me sale el día cenagoso no hay quien me aguante y así me lo dijeron gente en la que confío plenamente.

Con esta suerte de personalidad la primera mujer que me enamoró fue mi novia sin que ella lo supiera. Olvidé decir que soy un tanto callado y apocado.

Mi relación con las mujeres está estrictamente condicionada por mi madre y por mi abuela. En los ojos azules de mi abuela adiviné todo lo que ella había vivido y perdido y querido y en la fuerza de mi madre aprendí cómo debía ser una mujer.

Tengo tres hijos que como coordenadas me sitúan perfectamente en este plano de la vida. El que me busca me encuentra siguiendo su posición.

Desde aquel golpe en la sien derecha el mundo perdió una gran voz, iba para cantante pero me quedé en persona callada y taciturna, gris y , porqué no decirlo, solitaria.

Me gusta estar solo pero necesito que alguien sepa dónde buscarme cuando quiero estar solo.

Creé mi primer texto cuando tenía doce años y creo recordar que tenía algo que ver con las tetas de Ana Karenina en un afán de hacerme popular entre los de mi colegio. Lo conseguí, casi fui expulsado. Luego escribí otro plagiando el inicio del quijote pero ubicándolo en la localización de mi colegio. A la directora le hizo gracia.

Descubrí que tenía cierta facilidad para dibujar pero siempre fui muy inconstante como para terminar cualquier cosa. Aunque creo que con el tiempo he conseguido vencer este escollo.

Nunca he sabido el porqué de esa fascinación por los cambios de domicilio de mis padres. No se si fueron porque la situación económica mejoraba o simplemente por esa ambición nómada que todos llevamos dentro, queramos o no. El caso es que si el bachillerato duraba cuatro años yo recorrí tres institutos. No me fue mal, la verdad, en todos ellos conocí gente que me enseñaron lo que es la vida. No tengo ninguna duda, sin embargo, de que fueron los dos últimos años de instituto los que me marcaron más profundamente. Allí conocí a gente con la que participé quizás en los momentos más creativos de mi vida. Hicimos una revista, hicimos programas de radio que sólo oíamos nosotros, me emborraché la primera vez, rodamos unas secuencias en super ocho. No he podido olvidarlos a pesar de que, por esas cosas estúpidas de la vida por las que uno se pliega y se calla, me separé de ellos para acabar siendo este mediocre que soy. Por supuesto Paco, tenía que mencionarte, a ti sobre todo. Sabes que siempre me pareciste el más inteligente de todos nosotros, el alma creativa, el amigo ideal; era difícil seguirte, ¿sabes?, aún hoy lo sigue siendo pero que sepas, amigo, que eso de que la distancia es el olvido es una pura patraña, la distancia es sólo una putada.

Sigo siendo un inconstante, así que por hoy, ya está bien. Seguiré cuando reúna las ganas.

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