La sorpresa de un Kinder


Joaquín Marqués Ávila de niño coleccionaba matrículas de coches, sobres vacíos de azucarillos y los cromos de Vida y Color. Era un tipo especial, más bien raro –pensábamos todos- pero creo que era por envidia. Era buen estudiante, no sabía jugar al fútbol y era el más lento de todos a la hora de correr. Salía del colegio a las cinco de la tarde tan limpio como había entrado a las nueve. De vez en cuando jugaba a las peonzas o a las canicas pero lo suyo era sentarse con la espalda apoyada en la pared y leer los libros de la colección rtve. Los profesores alardeaban de él y con el pecho henchido la sabiduría de Joaquín la hacían suya.
Pero la vida a Joaquín Marqués Ávila no le fue bien a pesar de que se había labrado el camino al éxito seguro. Había cursado la etapa de instituto como un paseo y sus tres años de universidad fueron para él un alimento básico para su supervivencia. Acabó la carrera de Derecho en tres años y se apostó como abogado de lo civil con su despacho particular. Se le conoce algún escarceo amoroso. Tuvo una novia morena más alta que él, recién licenciada en historia. En un año acabaron sin decirse adiós. Una rubia modelo de lencería lo atrapó un viernes por la tarde durante un workshop de Woman Secret en los grandes almacenes. Cuando descubrieron que aquello no era lo suyo, él le regaló un libro y se despidió para siempre. La más trágica relación la mantuvo con aquella artista morena, pintora y escultora que había ya expuesto en varias galerías de la capital. Tenía un estudio frente al cabo y allí pintaba al óleo desnuda. Un día de octubre del 96 ella le regaló una escultura titulada “Silencio” junto a una nota que decía “que te den” Y lo dejaron.
Joaquín Marqués Ávila se aburrió de su éxito que era lo mismo que decir que se había aburrido de su propia existencia.
En Enero de 1998 me lo crucé por la Gran Vía; el iba dándole patadas a una lata de coca-cola arrugada y yo absorto en mis pensamientos (no me suele pasar pero cuando llegan los finales de mes y la cuenta del banco se pinta de rojo me entran este tipo de ausencias).
Iba yo, como digo, absorto y mirando al suelo cuando chocó con mi zapato la lata arrugada de coca-cola, le dí un zurdazo potente y la mandé a tomar por saco, de pronto, una figura casi fantasmal se me echó encima como intentando agredirme, con el brazo ya en predisposición de gancho de izquierda nos reconocimos las caras. Y de esa violenta situación pasamos a un abrazo.
Tomamos un chocolate con churros en la chocolatería Valor del centro. Estuvimos hablando de todo y de todos hasta que llegados a un punto él me confesó que a pesar de ser más inteligente que yo, más rico que yo, más guapo que yo y mucho más preeminente que yo, se había dado cuenta de que no tenía nada, que todo era una mierda y que iba a suicidarse. Sólo estaba pensando el cómo.
No me gusta la sangre ni el dolor, me decía, ¿Qué opinas? ¿Qué opciones me quedan? Tu que eres como más de pueblo llano y seguro que habrás estado en esta tesitura más de una vez.
No voy a censurar tu decisión, le dije, sabes que soy de la opinión de Cicerón por lo que hay ocasiones en las que el mismo dios que hay en nosotros y que nos prohíbe salir de la vida sin permiso otorga, excepcionalmente, la autorización necesaria.
Pero lo de Séneca –ya saben- le libró del dios y decidió aquello de “Si te place, vive; si no puedes regresar al sitio de donde viniste”.
A Joaquín Marqués Ávila, no le placía.
Joaquín Marqués Ávila llenó la bañera de chocolate a la taza templado. Se metió dentro hasta que le cubrió la cabeza. Y allí se ahogó. Al cabo de una semana la policía encontró una gran tableta de chocolate, dentro estaba Joaquín, como la sorpresa de un Kinder.

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