Una nueva oportunidad (A new chance)


La mujer sale de casa siempre, casi matemáticamente, a las siete y dieciséis de la mañana. Todos los días. Todos, menos este. Ha olvidado repasar que las luces están apagadas y que él, el pobre, sigue durmiendo los tristes amaneceres de los perdedores. No se atreve a besarlo por no despertarle.

El hombre, sin embargo, sale cada día a una hora distinta pero, eso sí, siempre antes de las ocho y después de las siete y treinta. Hoy es algo más pronto. Ese asunto de los astilleros no le deja dormir a gusto y en esa especie de reunión que ha mantenido consigo mismo hasta que ha puesto los pies en el suelo ha encontrado, eso cree él, una vía de escape que contentará a sindicatos y a su jefe. El caso es que lo lleva todo en la cabeza y necesita ponerlo por escrito cuanto antes.

Después de la ducha, el traje y la corbata, entreabre la puerta de la habitación de los niños y, con ese olor de nenuco, le llega la respira tranquila y acompasada de Ruth y David.

Por fin salen de casa. Cada uno a varios kilómetros del otro.

Sus caminos se cruzarán a la altura del BBVA de Gran Vía, en el semáforo que siempre, ambos lo recuerdan, indefectiblemente, estará en rojo.

Ambos se miraran a través de los cristales del coche. Ella pensará en Raúl, tumbado en la cama haciéndose el dormido para no preocuparla pero, y ella lo sabe, hace meses que no duerme. Exactamente desde que le echaron por motivos estructurales.

Él, sin embargo, desde el otro coche, al verla, pensará en cómo era Ruth cuando se conocieron y cómo ha acabado siendo después de abandonarse ella a su suerte y dejarlo todo por sus hijos. No por él y por sus hijos, sino sólo por sus hijos. como si él ahora sólo fuera el recuerdo de un frasco de esperma.

Y mira a la mujer del coche y cree desearla pero es sólo una frustración. Hubiera deseado a cualquiera.

Ella le mira y cree ver a un triunfador camino de sus dominios, eso cree.

Y piensa cómo sería, pero al cabo entiende que sólo es que a la suerte no le ha dado la jodida gana de estar de su puñetera parte y ella lo sobe. Pero no puede evitarlo y cree que lo desea.

Sólo lo cree porque ahora no se atrevería, como entonces, a acercarse con esas intenciones como hace años hizo con su perdedor.

El semáforo a la altura del BBVA de Gran Vía dicta las normas.

Y los deseos quedan varados allá detrás donde ambos, ella y él, miran por el retrovisor viendo alejarse una nueva oportunidad.

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