Uno del ocho y otro del once y medio


He pasado la tarde con la sensación de tener la cara como la de Fats Domino echandose unas risas, con la mala leche de Johnny Cash y los nervios de Jackie Wilson. No, no es que le tenga miedo a la dentista es, más bien, el hecho de que iba a ser la primera vez en la que alguien me hiciera un agüjero -dos en este caso- en uno de mis huesos.  En esta tesitura me he alegrado de tener a alguien a mi lado, lo juro. Claro que este no me falla nunca y antes de que yo pida socorro en silencio o a gritos, él ya sabe que le toca acompañarme.

A eso de las 15:00 horas he puesto la lista de reproducción “KEEP CALM AND LISTEN TO ELVIS” en modo aleatorio. Qué tío, incluso dándole a elegir a él, siempre acierta con la canción adecuada. Después de pedir el permiso facultativo adecuado y correspondiente, la dentista, Mª Carmen, ha consentido en hacerme un par de agüjeros -uno del ocho y otro del once y medio- mientras que yo me aislaba con los auriculares. Eso sí, me dice, si hay algo que te duela o moleste, levanta la mano. Tranquila, Mª Carmen, procede.

He de reconocer que en el momento de sonar “Memories” he soltado la lágrima que siempre suelto escuchando esta canción. Luego la cosa se animó cuando a él se le ocurrió cantarme al oído aquello de “la lluvia a primeras horas de la mañana” para luego decirme eso de “Bienvenido a mi mundo, ¿Quieres pasar?”, qué tío, pues claro que quiero; es más, llevo unos cuarenta años dentro. Todo iba bien, lo juro. Ni el pinchazo de la anestesia, ni la vibración de la “fresa” perpetrando los orificios me ha molestado lo más mínimo.

Luego a Mª Carnen se le ha ocurrido preguntarme qué escucho para estar tan tranquilo.

En fin, que hemos acabado quitándole los cascos al iphone para tranquilizarnos ambos y por un momento y en el caso de que los tornillos de rosca-chapa hubieran tardado algo más en alojarse en mi mandíbula inferior creo, sinceramente, que hubiéramos acabado dando unos pasos de baile, lento, esos sí.

En estos momentos la sensación en la cara ya no es como si fuera la del amigo Fats, ahorta estamos, digamos, como la de Chuck Berry cantando Johhny B. Good o sea, algo mejor.

Pero empieza el dolor que atajaremos con algo de amoxicilina y un par de canciertos de Elvis cada ocho horas.

Soy consciente ahora de que mi cuerpo es algo más valioso. El precio de los tornillos así lo certifica.

 

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