Graceland no es un lugar


A todos los que no me entendéis; a  los que no habéis entendido nunca porqué se me eriza la piel oyendo a Elvis.

No, Graceland no es un lugar, como tampoco lo son Shangri-La, Innisfree o el hogar.

Graceland es como una cosa que entra por el pescuezo y bordeando las orejas y sus lóbulos te baja hacia los pies hinchando, a su paso, cada poro y cada centímetro de una erizada sensación de felicidad.

Que digo yo que Graceland debe ser algo parecido a lo que siente la cuerda de su guitarra cuando, traste a traste, el amigo James Burton le acaricia un Johnny B. Good sin contemplaciones. O lo que les pasa por la cabeza a las teclas del piano de Glenn D. Hardin cuando a éste se le ocurre un solo de Heartbreak hotel así, sin avisar.

Eso sí. No hay nada comparable a ese Graceland en el que todos los relojes y, por tanto todos los corazones suenan al solo de Ronnie Tutt. Esa provocación. Ese preaviso de felicidad, ese “atentos chavales que viene lo bueno” que suena exactamente igual que lo hizo todo mi yo justo antes del primer beso de amor. Tremendo plagio, Ronnie.

Graceland es esa comunión de abrazos y canciones a coro, todo al mismo tiempo, canción y abrazo, al oído o a pecho descubierto, casi confundiéndose todo, casi dejando de ser canción por querer ser abrazo y viceversa.

Pues eso, que en Zaragoza nos marcamos unos gracelands este fin de semana, así, uno detrás de otro, pam, pam, al pecho, pam, pam al último recoveco. Así que a estas alturas todavía estamos de resacón tremendo de gracelands, de subidón de felicidad comparable, quizás, a esa ingravidez del astronauta antes de un alucinaje.

Ahora, mientras el vinilo marca esa marejadilla de ondas que provoca su girar, suena, de nuevo y como por arte de magia un “Blue Moon” que convierte mi habitación en un pequeño Graceland; en el saloncito de estar de la casa de las columnas al fondo del Elvis Blvd. ¡Esto si es Graceland!, Esto si es un graceland de lujo,chaval.

Que me perdonen Sulvia, Myrna y Estelle, los Blackwood, Moscheo y esa compañía de voces a la que Dios en persona les encargó crear su banda sonora. Que me perdonen, digo, pero no hay registrado en los anales de la música semejante coro, semejante acompañamiento vocal y gestual, musico-sensitivo que un buen Graceland improvisado en La Caverna a las tres de la mañana de un domingo (gracias Eva).

Pero ¿Quién dijo que Elvis nunca había estado en España? Algún incauto, seguro. Y es que cada vez, cada vez que Joaquin, Eduardo, Juanjo y Teresa se lo proponen, hacen ¡zas! y aparece el mismo Elvis en persona, diciendo eso de “What now, my love” y ya, como provocando la ira de los sordos, “Play it James…” eso si que es un Graceland de los buenos, de los de mayúsculas.

Podrás viajar a la casa de Memphis, visitar mis habitaciones, acariciar furtivamente mi piano, mirarte en los espejos donde yo me miré pero nunca, nunca, estarás en Graceland, el de verdad, hasta que indiferente al tiempo y al mundo exterior, te aferres al compañero de al lado y al rítmico vaiven gritéis enamorados de la vida ese “The wonder of you” que hace infinita la u y tremendamente suelta la lágrima.

¿Que qué es Graceland?

¿Y vosotros me lo preguntáis?

 

 

Nota:

Podría haber dicho “Gracias” pero me hubiera quedado algo corto.

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