Hazme un favor, ¿Quieres?


Aquel día se jugó todo a la última mano del jodido poker de los laberintos de espejos.

Y lo perdió.

Aquel día y sólo con lo justo para un par de copas y un servicio completo en El Palomar, bajó, pateando charcas, por las calles viejas y oscuras que vomitan la noche hacia el puerto.

Tras la puerta, la espesa cortina roja y después el marrón olor del tabaco y los sudores que hacían de El Palomar, el último vestigio de la felicidad, la promesa de futuros encuentros, el roce de viejos conocidos.

Andaban todas como un tanto desperdigadas, como los sabuesos que husmean perdices en la jara, buscando entre los borrachos y los solitarios algún billete verde que llevarse a casa.

Juani alzó la vista y le vió entrar con las manos en los bolsillos, perdedor, con necesidad de emborracharse y con la sonrisa que tenía siempre que necesitaba al regazo de sus pechos para llorarle lo que era, en lo que se había convertido.

Él, que hubiera llegado a ser héroe de guerra, rico inversor, banquero sin escrúpulos, constructor de ciudades o tal vez tendero feliz, se llegaba con la cabeza gacha hasta las faldas de la Juani que nunca le esperaba.

-Tu que sabes de esto, Juani, anda, ¿Qué cantidad de soledad puede aguantar una persona humana?

-¿Quieres decir tu?

-Por ejemplo. Quiero decir, ¿cuanta soledad sería capaz de soportar sin que se me fracturen las rodillas ni me broten nacimientos de agua salada?

-¿Cuánta? ¿Acaso es mesurable?

-Quiero cambiar, ¿sabes?, ya no de sexo, no, el uso no justificaría el gasto- quiero cambiar pero digo de especie animal.

-¿Y convertirte en qué?

-No, no me comprendes. Es en serio, quiero dejar de ser persona y convertirme, por ejemplo, en babosa de campo -lo del caracol me parece que es presumir de posición económica predominante-

-¡Qué asco, Andres! ¿Una babosa? Lleva cuidado con lo que pides, en ocasiones puede hacerse realidad, ¿sabes?

-¿Como te pasó a ti?

-¡Cabrón!

-Si. Quiero ser babosa de campo. Dicen que para ser realmente feliz no hay nada mejor que tener en sintonía tu cuerpo y tu vida con lo que realmente te sientes.

-¿Te sientes baboso?

-Me siento despreciable, tóxico y abandonado. Quiero ser babosa de campo y vivir bajo una roca, a la humedad, junto a un romero o una manzanilla, y dejarme de gilipolleces.

Como premonitorios los gatos y sus perseguidos ratones huyeron del local erizados de espanto. Las luces titilaron sin llegar a apagarse. Los ruidos desaparecieron, la musica quedó muda, una sombra de silencio recorrió cada rincón y un aire que auguraba misterios batió las calvas y las pelucas dando paso a  un estallido de luz que abrió las ventanas de El Palomar como una sentencia bíblica y después de un pesado silencio volvieron los ruidos de vidrios y los gorgoteos de champán y los tacones rotos de las putas que buscan perdices.

Y él que hubiera podido ser héroe de guerra, rico inversor, banquero sin escrúpulos, constructor de ciudades o tal vez tendero feliz, no dejó tras de sí mas que un reguero acuoso de babas.

 

 

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