Yo no quiero ser yo

Yo no quiero ser yo. Pero desde el principio.

Tendrá que ser desde el principio porque no recuerdo exactamente cuándo dejé de ser como yo quería ser y pasé a convertirme en este que soy y al que odio profundamente, con ganas, con ansia.

Si tuviera uno de esos amigos que tiene la gente normal con el que poder hablar le pediría ayuda (F1) Más que ayuda una mano que agarrar, una piel que rozar y una cerveza con la que brindar por lo que sea. Le preguntaría muy en serio qué coño es lo que hago mal (si puediera resumirlo en una lista, claro).

¿Por qué la gente me rehuye?.

¿Por qué sólo me aprecian los que no me tratan de contínuo?

¿Qué puentes dejé caer?

¿Qué palabras no dije o cuáles dije a destiempo?

Sé a qué entierro falté pero no sé a qué muerto no respeté.

En definitiva, ¿qué música no bailé cuanto tocaba hacerlo?

¿Qué vida no he vivido y cuál he vivido sin merecerlo?

¡Jodidos puentes levadizos!

Y es que hoy es uno de esos días en los que los planetas y todos sus putos habitantes se han empeñado en joderme. Todos. Todos incluso los extraterrestes que viven de okupas radicales en mi cabeza calva. Todos ellos.

Hoy es mejor que no haga planes ni marque rumbos. Los mandaría a la mierda pero en clase bussiness.

He aquí la pista número uno para los que no supieron o no quisieron o no les valió la pena echarme una mano para salir de esto:

“Aunque parezca que no, os necesité y mucho, pero nunca supe explicarme”

Sosegaos.

Quedaos tranquilos.

Fue duro acostumbrarse, pero una vez aquí y a mi edad ninguna herida cae sobre piel y carne sana, no hay piel ni carne que no haya recibido antes otras.

Nada duele como antes, pero jode que te cagas.

En definitiva y como diría un presidente del gobierno. Una patata es una patata y un tomate es un tomate y, por lo tanto, uno que siembra patatas no puede recoger tomates por mucho que quiera comerse uno con aceite de oliva virgen a la fresca de una parra.

 

 

Cortado descafeinado corto de cafe.

Yo, en realidad, lo hago por ti y también por mí.

Me duele que te pierdas a alguien como yo que podría tratarte como a una reina, quererte más que a sí mismo, alardear de felicidad a tu lado, necesitarte como si fueras el oxígeno bajo el agua, hacerte siempre reír, tenerte siempre llenita la nevera, estar contigo cada momento y, también, dejarte sola cuando realmente tu lo quieras.

Es una lástima.

Me sabe mal que no quieras ser la mujer más feliz del mundo –comprendo que esto, a veces, da un poquito de asquito y fomenta la envidia ajena- pero es lo que quiero para ti.

Me empeño pero te niegas sin saberlo.

Yo que pasearía contigo de la mano cuando fuésemos viejitos y te diría cosas de amor y de risas al oído que nuestros hijos y nuestros nietos interpretarían como la verdadera felicidad y el amor auténtico.

Yo que te daría todo sin pedirte nada, sólo a veces una caricia en la mejilla mirándome a los ojos.

Yo que circunnavegaría todo por encontrarte a ti, amarrado al mástil para desoir razones.

Y sin embargo no quieres.

Lloraré como un crío cuando recuerde esto, pero no por mi soledad sino por lo que pudo ser.

Es posible que ni siquiera te hayas dado cuenta de que estoy sentado en la tercera mesa junto a la cristalera del café donde trabajas.

Quizás no me hayas mirado nunca cuando me traes el descafeinado pero yo, aún así, te sonrío ofreciéndote mi reino por una de tus miradas.

Es una lástima.

Dejas la tacita sobre el mantel, miras hacia afuera mientras suspiras profundamente y te marchas. Y yo, viendo qué és lo que esperas de afuera miro y me veo reflejado y entonces caigo rendido ante la evidencia de que es mejor mandarte este mensaje y dejar de hacer el ridículo de una vez.

Yo, en realidad, lo hubiera hecho por ti y también por mi.

Perdón por escribirte esto en una de tus servilletas de lino blanco. Espero que con uno de veinte tengas bastante para pagar la lavandería, te lo dejo también.

Una nueva oportunidad (A new chance)

La mujer sale de casa siempre, casi matemáticamente, a las siete y dieciséis de la mañana. Todos los días. Todos, menos este. Ha olvidado repasar que las luces están apagadas y que él, el pobre, sigue durmiendo los tristes amaneceres de los perdedores. No se atreve a besarlo por no despertarle.

El hombre, sin embargo, sale cada día a una hora distinta pero, eso sí, siempre antes de las ocho y después de las siete y treinta. Hoy es algo más pronto. Ese asunto de los astilleros no le deja dormir a gusto y en esa especie de reunión que ha mantenido consigo mismo hasta que ha puesto los pies en el suelo ha encontrado, eso cree él, una vía de escape que contentará a sindicatos y a su jefe. El caso es que lo lleva todo en la cabeza y necesita ponerlo por escrito cuanto antes.

Después de la ducha, el traje y la corbata, entreabre la puerta de la habitación de los niños y, con ese olor de nenuco, le llega la respira tranquila y acompasada de Ruth y David.

Por fin salen de casa. Cada uno a varios kilómetros del otro.

Sus caminos se cruzarán a la altura del BBVA de Gran Vía, en el semáforo que siempre, ambos lo recuerdan, indefectiblemente, estará en rojo.

Ambos se miraran a través de los cristales del coche. Ella pensará en Raúl, tumbado en la cama haciéndose el dormido para no preocuparla pero, y ella lo sabe, hace meses que no duerme. Exactamente desde que le echaron por motivos estructurales.

Él, sin embargo, desde el otro coche, al verla, pensará en cómo era Ruth cuando se conocieron y cómo ha acabado siendo después de abandonarse ella a su suerte y dejarlo todo por sus hijos. No por él y por sus hijos, sino sólo por sus hijos. como si él ahora sólo fuera el recuerdo de un frasco de esperma.

Y mira a la mujer del coche y cree desearla pero es sólo una frustración. Hubiera deseado a cualquiera.

Ella le mira y cree ver a un triunfador camino de sus dominios, eso cree.

Y piensa cómo sería, pero al cabo entiende que sólo es que a la suerte no le ha dado la jodida gana de estar de su puñetera parte y ella lo sobe. Pero no puede evitarlo y cree que lo desea.

Sólo lo cree porque ahora no se atrevería, como entonces, a acercarse con esas intenciones como hace años hizo con su perdedor.

El semáforo a la altura del BBVA de Gran Vía dicta las normas.

Y los deseos quedan varados allá detrás donde ambos, ella y él, miran por el retrovisor viendo alejarse una nueva oportunidad.

No se culpe a nadie

Alquiló el trastero en un guardamuebles del polígono.

No tenía más de un metro cuadrado, algo así como un par de féretros juntos, es decir, espacio suficiente como para permanecer eternamente sentado.

Lo limpió concienzudamente, arrancó la instalación eléctrica .una bombilla colgada de un cable- sin contemplaciones.

Luego se metió dentro y cerró con llave, para siempre.

Just a hunk, a hunk of burning love

Sólo un trozo, un trozo de ardiente amor

(de la canción “Burning Love” compuesta por Dennis Linde para Elvis)

 ¿Qué pensaría ella ahora si despertara y me viera jugar con la pistola apuntándole a la sien?

¡Bah!, seguro que se asustaría y gritaría como una histérica. Las mujeres no entienden de estas cosas.

Seguro que cuando la lleve de viaje con la pasta que saquemos hoy de ese jodido estanco, seguro que no grita y se le ríe todo. Haremos el amor como locos sobre la cubierta del crucero cuando los demás estén bailando un vals con el capitán en el restaurante de lujo.

Seguro.

Sería tan fácil disparar y ver como la bala le atraviesa la cabeza para incrustarse después en la pared bajo la ventana.

Pero luego, habría que deshacerse del cadáver y eso es un verdadero rollo. Sucio y cansado. Tanto, que se me quitan las ganas. Además, a pesar de amortiguar el ruido con el cojín, seguro que la zorra del quinto C saldría en pijama de felpa gritando por el hueco de la escalera. Tendría que matarla también a ella. Matar a alguien que va en pijama de felpa y con los rulos puestos es algo de mal gusto y, además, algunos pensarían que lo he hecho para librarles de la zorra del quinto C y por ahí si que no paso.

Si lo hiciera sería sólo por que me la suda. Nada de héroes, nada de favores a la humanidad, nada de premios y entrevistas en la tele. Odio la fama y a los famosos, por eso, pegarle un tiro en la cabeza a la Sunny me apetece tanto.

Desde que montamos la escena con el cura aquel, la Sunny no deja de salir en la tele explicando lo mucho que el cura la sodomizaba, lo mucho que ella pedía auxilio, el poco placer que le daba a ella aquello y lo temerosa de Dios que había sido ella siempre y que en su interior sabía que estaba condenada al infierno de por vida, pero es que ella no quería. La jodía llora de verdad cuando habla en televisión de lo que se supone que le hizo el cura. Se le enhiestan los pezones bajo la blusa de seda y la audiencia sube de pronto y verla es mejor que una peli porno, mucho mejor. Yo, al menos, lo tengo grabado y cuando la necesidad me entra me la pongo y me pongo cabrito.

Odio la fama. Para que ella pueda mantener el papel de chica ultrajada no puedo salir de casa, para que no me relacionen los cuervos que esperan en la puerta. Así que llevo aquí metido desde… ¡joder! ¡Desde hace tres meses!.

Luego, eso sí, cuando llega de la tele, viene puesta y los pezones siguen como los pitones de un miura, y ni comemos, vamos directos a deshacernos de las tensiones del día. En el salón, sobre la mesa, sobre la alfombra de lana turca, en el jacuzzi, frente a la nevera abierta y ahí ya entran en el juego, las fresas, la nata, la cerveza y en ocasiones alguna copa de champáñ helado y algún yogourt griego.

Pero le pegaría un tiro ahora mismo. Sólo por ver qué cara se le queda.

Sea como sea, esta tarde tenemos lo del estanco. Lo haremos justo cuando a ella le pregunten cuántas veces feló al cura. Es el único momento en el que los cuervos no están acampados en la puerta y yo puedo salir con las precauciones mínimas.

El vaca dice que se ha hecho con un carro que flipas. Tampoco hacía falta el lujo, le digo yo. Que para pegar un palo en un estanco basta un Micra o una Kangoo. El vaca dice que hay que tener estilo para todo, incluso para cagar.

Cuando éramos unos críos el vaca y yo robamos en el kiosko de la plaza; nada importante, no recuerdo bien pero creo que eran algunas cosas que tenía colgadas como para llevártelas de gratis. Nos atrapó el cabrón sin que pudiéramos apenas salir corriendo así que el vaca le pegó tal patada en los huevos al kioskero que dicen que por eso nació el hermano del bizco como nació.

Y aquí estamos los tres, el vaca, el bizco y yo, montados en un audi-tt frente a la puerta del estanco del centro. La de pasta que ganan estos cabrones, dice el vaca viendo cómo la clientela entra y sale del negocio.

El bizco apunta que en épocas de crisis como la que vivimos, los negocios más fructíferos son los bares, las casas de juego y los estancos que son, dice el bizco, tres sitios donde te compras una muerte segura.

El bizco estuvo en el seminario un par de meses. Hasta que lo pillaron aliviándose con una de la limpieza. Desde entonces cuando habla el bizco es como si hablara Dios.

El vaca dice que sería mejor esperar a que no hubiese nadie dentro, por evitar testigos y tener que matar a nadie. Yo le digo que a mi eso me la bufa. El bizco dice que mi condena no es de este mundo. No sé exactamente lo que quiere decir pero lo mando a la mierda. me enciendo un pitillo y exhalo el humo en su cara. Vete muriendo, le digo mientras el humo le cubre la cara. El bizco se recuesta sobre el asiento, casi a oscuras y todavía con el humo sobre la cara. Me semeja una aparición mariana y algo me acojona.

El vaca, que sigue atento al trasiego de clientes, dice que es el momento, que cree que no hay nadie más que la estanquera.

Bajamos del audi a cara descubierta, nos la suda, entramos en el estanco y la rubia sabe ya a lo que vamos. Debe tener unos cuarenta pero el vaca se la lleva dentro sin mediar palabra mientras el bizco y yo, cerramos la puerta y colgamos el cartel de cerrado, recogemos la pasta de la caja, nos hacemos con unas cuantas cajas de puros y echamos unas bono-lotos de gratis.

Cuando el vaca sale de la trastienda, viene subiéndose la bragueta y limpiándose las babas con el antebrazo mientras dice que la cabrona muerde. He tenido que darle un par de hostias para que se estuviera quieta. Le ofrece al bizco que entre y se alivie. El bizco no rechaza nunca una invitación. Nos fumamos un par de pitillos mientras el bizco se tira a la estanquera inconsciente. Cuando acaba el bizco le pega un par de hostias para despertarla. Necesitamos que nos diga dónde está la caja interior. Hablar te hará bien, le dice el bizco y la rubia le escupe en la cara.

Después de llamarnos cabrones, nos señala un armario metálico que hay al fondo. Una pasta gansa. El golpe es bueno. Llevaos lo que queráis pero no hagáis daño a los clientes ¿vale?. ¿Clientes? ¿qué coño de clientes? Dice el vaca que se ha puesto como un becerro. En la cava de puros hay un cliente, pero no le hagáis daño, por favor, dice la rubia. El vaca entra en la cava empuñando la recortada. Hay un gordo sentado con los pantalones bajados que fuma un habano y una morena con la cosa en la boca. El gordo exhala el humo haciendo un círculo casi perfecto y le grita al vaca si no sabe llamar, que qué coño hace. El vaca se queda loco. Yo a ti te conozco, cabrón. El vaca se vuelve hacia nosotros y nos grita que tiene pillao al alcalde y a la concejala en pleno chupito. No me jodas, le digo al vaca mientras el bizco les hace una foto con el móvil.

El gordo alcalde nos amenaza con el dedo mientras dice eso que a todos nos gustaría decir alguna vez: pero vosotros ¿sabéis quien soy yo? Mientras el vaca le pega un culetazo en los morros, el bizco ya ha montado a la concejala que parece disfrutar como una loca. Joder vaca, dijimos que nada de sangre. Es un cabrón, dice el vaca, este tío es un puto sinvergüenza, el puto amo. Si ofreciéramos la cara de este tío, muchos pagarían por pegarle un par de hostias, te lo digo yo. La concejala aúlla. El bizco es capaz de hacerlo hasta diez veces seguidas, lo comprobamos en el camping hace un par de años. Cuando el bizco acaba, el vaca le suelta un par de hostias a la concejala y la deja inconsciente.

Ale, nos abrimos, les digo.

Hemos sacado una pasta gansa. En casa de el vaca hacemos los apartijos y nos fumamos unos puros a la salud de la estanquera. El bizco dice que le cogió el número del móvil a la concejala y que probablemente establezca unas relaciones con ella. Que se ha enamorado.

Nos da por reír y tosemos como viejos. Bueno chavales, les digo, me largo que me espera hambrienta la Sunny.

Que jodio, dice el vaca, mira que esta buena la Sunny, ¡Eh! Le digo, ni pensarlo, vaca por tu padre. El bizco bizquea como cuando se imagina cosas. Lo digo en serio, tíos, les digo, la Sunny es sólo mía y me cargaré a cualquiera que le ponga la mano encima, ¿estamos?.

Ve con Dios, dice el bizco.

Es raro pero todavía no hay cuervos en la puerta y no se ve luz alguna en la casa. Subo y pongo tele-cinco, el programa se ha alargado más de lo normal. De vez en cuando la Sunny mira a cámara de esa manera que convinimos para entendernos.

Me doy una ducha para librarme de mis pecados y del mal olor del sudor seco. Sudo como un cerdo. Con la toalla anudada a la cintura me siento en el sofá y me pongo un whisky.

No sé cómo ha pasado pero me he quedado sobado y al abrir los ojos se me clavan como cristales los rayos de sol. El bizco dice que cuando uno empieza el día con dolor lo acaba muy jodido o muerto.

La Sunny no está en el dormitorio, no ha vuelto a casa.

Esto no me gusta, digo en voz alta. Esto no me gusta.

La Sunny no contesta al móvil. Ni a los mensajes. Esto no me gusta.

Me jode que me interrumpan cuando estoy cocinando. Sobre todo si lo que estoy haciendo es una tortilla. Llaman a la puerta y por la mirilla veo que es un mensajero. ¿Qué? Le pregunto, tengo una carta para usted, me dice como si anunciara un programa de la tele, pues ala, muchas gracias, recojo la carta y le cierro la puerta.

Creo que es la primera vez que recibo una carta por correo postal, sin contar las de la DGT.

¡Joder! Es de la Sunny.

Como para preparar el terreno, empieza diciendo que el roce hace el cariño y que, tanto coincidir en los camerinos, tanto discutir cara a cara, tanto polígrafo y tantas miradas, pues que se ha enamorado del cura. Que se va a vivir con él a las afueras, en el chalet con piscina que tiene el cura en una urba de lujo. Que dice que la cadena le ha ofrecido al cura presentar un programa de entretenimiento que como a la audiencia el cura le parece un sinvergüenza que seguro que tiene éxito y que ella va de contertulia y politóloga y que lo nuestro se acabó , que fue bonito mientras duró. Que ya enviará a alguien de la cadena para que se lleve sus cosas.

Hay que joderse, me cambia por un cura. ¿En qué mundo vivimos? El bizco, que ha venido en cuanto se ha enterado, dice que a todas las tías les molan los tíos con uniforme. El vaca, que no desprecia una borrachera sea por el motivo que sea, dice que podemos darle una paliza al cura y luego tirarnos los tres a la Sunny, pero a la vez. Nos da por reir como nos podía haber dado por sacar las recortadas y pegar cuatro tiros por el balcón y luego tirarnos a la vecina del quinto C con los rulos puestos. Pero nos da por reír.

Dice el bizco que en los periódicos no han dicho nada de lo del estanco y que eso le extraña, es ,dice, como la premonición del diluvio.

No les habrá dado tiempo a imprimirlo, dice el vaca, dios de la ingenuidad profana. El bizco se le queda mirando como quien mira un melón hueco y aclara que ha estado leyendo la prensa en Internet y que eso no se imprime, así que no será por eso.

Es posible, les digo, que al estar pringado el gordo y la concejala, no quieran darle publicidad. Dice el bizco que su Juana, la concejala, le ha pedido que la avisemos cuando vayamos a dar otro golpe, que ella se lo pasó genial y no se lo quiere perder.

Ya le he dicho, dice el bizco, que de momento nones. Que nosotros no lo hacemos por vicio sino por necesidad. Que será mejor vernos en un hotelito a las fueras. Me ha retado a hacerlo quince veces en una tarde, le he dicho que necesito prepararme. Hemos quedado mañana.

¿Estas seguro? Le digo. No me fío mucho, vaya a ser que sea una trampa y te trinquen.

Me la suda, dice el bizco. El vaca se ha quedado dormido con tanta charla; duerme con la conciencia sucia pero tranquila, como los políticos.

Tras un pedo atronador, inoloro y premonitorio el vaca despierta mascando aire amargo. Dicen que el Elvis ha abierto un garito en el centro por todo lo alto, dice.

Después de un par de horas de indecisión, acordamos echarnos unas copas con el Elvis, que siempre es garantía de brutal juerga, karaoke y risas aseguradas.

El Elvis es un tío guapo que no sabe que lo es, dice el bizco, por eso se disfraza de otro. Es posible que se haya operado los pómulos y la nariz pero el pelo de el Elvis, es auténtico. Le cae permanentemente una mecha de pelo negro sobre la frente, las patillas trianguladas sobre el mentón, mide uno ochenta y debe pesar unos 79, tiene un tipo brutal y un estilo auténtico. Cuando se pone las gafas que ocultan que sus ojos no son verdes, es el mismísimo Elvis. Lo jode cuando intenta cantar. Dice el bizco que uno debe saber dónde están sus límites. En cualquier caso el Elvis es un tipo de los que quedan pocos. Más que amigo es hermano y en muchas ocasiones nos dejó dormir en la trastienda de sus bares cuando las cosas se torcían.

Lo de el Elvis si que es estilo. Lleva hoy un traje negro de kid mohair con la chaqueta corta y chaleco del mismo color. Debajo sólo una camisa de seda roja. Brutal. En la mano derecha lleva dos anillos con piedras preciosas y en la izquierda tres, uno de ellos es un engarce de una moneda de 25 centavos. El Elvis se las lleva de calle, pero con estilo, casi despreciando, casi ignorando y al mismo tiempo regalando esa sonrisa tan suya e inimitable, con ese labio superior elevado por el margen izquierdo. Es un crack.

El sábado, dice el Elvis, inauguramos oficialmente Graceland, que así es como se llama el nuevo pub-karaoke-museo que ha abierto en la Rambla. Lo que más nos interesa es saber si en el trastero tiene cama para tres y nevera. Ya sabéis, dice el Elvis, que estáis invitados, tenéis barra libre por la cara.

No suelo hacer planes con más de un día de antelación, dice el bizco, es como traicionar al destino.

La única premisa para asistir a la inauguración de Graceland es ir de Elvis, pero con respeto. Han extendido una alfombra roja desde la entrada del pub-karaoke-museo hasta la acera justo donde la limusina negra abrirá las puertas para que de ella baje como una diosa la tía más guapa que he visto en mi vida. Ni siquiera en sueños. Tiene las piernas del largo de un ejemplar de bambú adulto, torneadas como a medida, sin una imperfección, el vestido abierto hasta la ingle. El bizco bizquea como cuando imagina cosas. El vaca se ordeña en silencio y yo, yo la admiro y pienso en los materiales que utilizaré para construir el altar en el que situarla. Esa mujer, vaca, esa mujer será mía. El Elvis, que la lleva de la escasa cintura, saluda al público elevando la mano derecha mientras los flashes de las cámaras nos hacen creer a todos que es el de verdad. Mientras no cante, dice el bizco, es como si fuera El.

El Elvis y la rubia han nacido para desfilar amarraditos por las alfombras rojas. Creo que no había visto nada tan fashion, tan estelar, tan brutalmente erótico desde que vi a Cristiano Ronaldo pisar por primera vez el Bernabeu.

Cuando llegan al postigo del pub-karaoke-museo el Elvis se vuelve y ante el silencio de los cientos que estábamos allí nos dice, “Hoy, Elvis ha resucitado. Alabado sea el Rey” y todos, sin saber porqué exactamente, nos hemos puesto como a gritar a mayor gloria de Elvis.

¿Qué decir del interior del pub-karaoke-museo?

Es, para que me entiendan, como el Hard Rock Café pero a lo bestia y sólo de Elvis. A la entrada de el Elvis y la rubia de rojo, ha empezado a sonar el “That’s all right” pero la versión del inicio de los conciertos. Esto no puede dejar a nadie indiferente. Es el puto rey, dice el vaca. El bizco, que hoy viste, como es obligado, un traje de cuero negro que parece pegado con locktite a su piel ya anda con una morena restregándose en la barra. Dice el vaca que es el del Comeback del 68 y la verdad es que el tío mola.. El, el vaca, lleva un traje blanco lleno de pedrería, unos zapatos blancos y un collar de flores. Dice que se lo han hecho a medida en El corte inglés a partir de una fotografía del concierto de Hawaii, y me lo creo porque sé cómo se las gasta el vaca. Yo, sin embargo, soy más del Elvis de los primeros años, así que me he hecho con una camisa rosa, auténtica de Lansky, me dijo el de la tienda, unos pantalones de tela negros anchos y unos mocasines blancos. Auténtico Lansky, me dice el Elvis y con eso me basta para saber que, sea quien sea el Lansky ese, voy de Elvis fetén.

Las pantallas que hay repartidas por todo el local alternan los conciertos de Elvis con la cámara en tiempo real que hay en la sala de forma que, según el Elvis, es como si todos estuviésemos en el concierto de Elvis. Es un crack. La última vez que ví al vaca iba detrás de una morena en pantalón corto pin-úp, al bizco lo perdimos a los diez minutos así que estoy sólo cuando descubro en las pantallas de plasma al jodido cura vestido con el traje blanco del concierto de Hawaii y debajo, la sotana. Hay que joderse. Busco pero no encuentro a la Sunny hasta que, al quinto compás del “Suspicious mind” la veo salir del aseo de señoras. Es brutal. Es, joder, es la tía de mi vida, quitando a la rubia de rojo, claro. Viene arreglándose los labios, con ese gesto tan suyo de retirarse una gotita de agua con el índice derecho. Cuando llega donde el cura le pega una sobada al culo y se le echa al cuello. Traidora.

Como una burla del último Elvis, junto al cura hay un gordo enorme haciendo esfuerzos sobre humanos para mover burdamente las piernas en algo parecido a un baile. Al principio no lo reconocí pero luego, cuando la peluca se le desplaza hacia la derecha y se quita las gafas de sol, descubro que es el puto amo, el alcalde. Le sudan las cejas, el morro –algo amoratado- y me imagino las correntías de sudor de sus axilas. Junto a él, a cierta y prudente distancia, la concejala se restriega el cuerpo con el bizco que va borrico. Parece incluso que el grupo se lo pase en grande, como colegas de toda la vida. Me doy cuenta, en estos momentos, que bizqueo cuando no entiendo lo que veo. El gordo alcalde coloca su brazo sobre los hombros de el bizco mientras Just a hunk, a hunk of burning love y la concejala se interpone entre ambos con una mano en ambos culos y dice algo que a los dos les parte la caja de risas. No quiero imaginarme al bizco sodomizado por un alcalde. No, no quiero, pero es imposible y ocurre, me lo imagino y salgo escopeteado hacia el aseo de caballeros a vomitar.

En un encontronazo de la fortuna, de sopetón, vamos, me como las tetas de la rubia de rojo a lo que ella suelta una risa graciosa y me dice, con tranquilidad, chaval, con tranquilidad que no se me acaban.

Nunca pude rechazar una invitación .

Dice que se lama Julia y no me extraña. Todas la mujeres bellas se llaman Julia. Dice que es propiedad de El Elvis y eso, para mí, es como la fruta del bien y del mal, y no la como a menos que Eva me la ofrezca peladita y en bandeja. Así que, dejándola en ese estado de excitación, le beso la mano y entro a vomitar en el aseo de caballeros.

Una vez aliviado de lo que comí por la mañana, desde la puerta de los aseos observo atónito como todos ellos, El Elvis, su alteza Julia, la Sunny, el bizco, el cura, el gordo alcalde y la concejala forman un corro dejando en el centro a el Vaca que hace, de nuevo, esa exhibición de baile que le hizo ganador del concurso del quinto curso de EGB. El vaca, cuando va puesto, es un ternerillo grácil, un venadillo, tan acariciable, tan rebeldillo, tan jodidamente encantador.

Qué cosas tiene la jodida vida. Ahí están todos ellos como si hubieran olvidado que entre ellos tienen motivos de sobra como para odiarse. ¿Acaso soy el único que se acuerda del odio que nos tenemos? Echo mano a la pistola y al contacto frío del hierro me pongo becerro y aparecen en mi cabeza esas voces que oigo desde que tenía seis años. Desde que murió Chanquete.

Mátalos, me dicen todas las voces a la vez, mátalos a todos. Te la suda. Mátalos, pégales un tiro, pam, y otro, pam, y que se desangren todos juntos si son tan amiguitos.

A veces me resulta muy, muy difícil hacer oídos sordos a las voces. Salgo del local y en la puerta del Graceland me enciendo un pitillo. Hay un silencio de madrugadas y una neblina pesada que cae sobre las aceras como si fueran el ERE de la compañía municipal de la limpieza. A mi espalda, el Elvis me dice que la vida es un rock and roll. Que a veces golpeas y a veces rulas para luego volver a golpear y a rular y así hasta que la última rulada te lleva al cajón de madera.

Tienes tazón, tío, le contesto, pero es que a veces es como si me hubiera salido de la peli y estuviera de espectador en un cine vacío.

¿Y el proyeccionista?, pregunta el Elvis totalmente implicado en mi drama. El proyeccionista, le contesto, soy yo mismo. Por eso entre que pongo en marcha la peli y bajo al patio de butacas siempre, siempre, me pierdo el principio y ando ya toda la vida como desconcertado, como perdido como si de pronto, cuando todo va bien, apareciese un protagonista que sólo salió al principio y me joda la vida, ¿comprendes?

La verdad es que no, tío. Pero sabes que me tienes aquí para lo que tu quieras. Me voy dentro que con esta humedad se me jode el traje. Anda, pasa, pégate un par de copazos y tírate a alguien, verás como luego todo lo ves distinto, me dice el Elvis tan crack como siempre.

Nunca pude rechazar una invitación.

Debían de ser las cinco y media o las seis cuando una voz en off dijo aquello de “Elvis has left the building” que viene a ser algo así como hasta aquí llego lo que se daba. Cada mochuelo a su olivo. El gordo alcalde yacía sobre uno de los sofás del pub-karaoke-museo con la bragueta bajada y un cubata en la mano mientras que el bizco se hacía a la concejala y el vaca retozaba con la Sunny.

Un toque suave de dos deditos en mi hombro me hizo volverme. Allí estaba ella, la diosa, Julia. Soy de Elvis, me dice, sólo cuando él está. La agarro de esa escasa cintura y echándola hacia atrás como en las pelis, le meto la lengua hasta el galillo para luego, poco a poco, incorporarla y apretujarla contra mi.

En casa tengo jacuzzi, champañ helado, fresas y un yogourt helado, ¿te apetece?, le lanzo sin compasión.

Mas que apetecerme, lo deseo, me dice ella alargando las sílabas en un susurro que me atraviesa el cerebro de oreja a oreja.

A la puerta de los apartamentos donde vivo ya no hay cuervos esperando, lo del lío de Sunny con el cura me ha librado de ellos. Me dice que me eche en la cama que va al aseo y viene enseguida.

Me lo quito todo y me tiendo todo lo largo que soy sobre las sábanas de satén.

Cuando aparece en la puerta del baño, la luz de la vida hace que el vestido se convierta en un humo trasparente, ya estoy borrico del todo cuando se me viene encima y me besa salvajemente, como una loba y en este fragor estamos cuando siento que me esposa a la cama, ambos brazos lo cual no me lo había hecho nadie antes. Ponerse borrico es poco. Me inmoviliza las piernas atándome los pies a la cama y así, espatarrado y borrico se alza y me mira fijamente, como imagino que una garza mira a una trucha antes de atravesarla con su pico.

¿Sabes lo que gana una puta estanquera?

Uno del ocho y otro del once y medio

He pasado la tarde con la sensación de tener la cara como la de Fats Domino echandose unas risas, con la mala leche de Johnny Cash y los nervios de Jackie Wilson. No, no es que le tenga miedo a la dentista es, más bien, el hecho de que iba a ser la primera vez en la que alguien me hiciera un agüjero -dos en este caso- en uno de mis huesos.  En esta tesitura me he alegrado de tener a alguien a mi lado, lo juro. Claro que este no me falla nunca y antes de que yo pida socorro en silencio o a gritos, él ya sabe que le toca acompañarme.

A eso de las 15:00 horas he puesto la lista de reproducción “KEEP CALM AND LISTEN TO ELVIS” en modo aleatorio. Qué tío, incluso dándole a elegir a él, siempre acierta con la canción adecuada. Después de pedir el permiso facultativo adecuado y correspondiente, la dentista, Mª Carmen, ha consentido en hacerme un par de agüjeros -uno del ocho y otro del once y medio- mientras que yo me aislaba con los auriculares. Eso sí, me dice, si hay algo que te duela o moleste, levanta la mano. Tranquila, Mª Carmen, procede.

He de reconocer que en el momento de sonar “Memories” he soltado la lágrima que siempre suelto escuchando esta canción. Luego la cosa se animó cuando a él se le ocurrió cantarme al oído aquello de “la lluvia a primeras horas de la mañana” para luego decirme eso de “Bienvenido a mi mundo, ¿Quieres pasar?”, qué tío, pues claro que quiero; es más, llevo unos cuarenta años dentro. Todo iba bien, lo juro. Ni el pinchazo de la anestesia, ni la vibración de la “fresa” perpetrando los orificios me ha molestado lo más mínimo.

Luego a Mª Carnen se le ha ocurrido preguntarme qué escucho para estar tan tranquilo.

En fin, que hemos acabado quitándole los cascos al iphone para tranquilizarnos ambos y por un momento y en el caso de que los tornillos de rosca-chapa hubieran tardado algo más en alojarse en mi mandíbula inferior creo, sinceramente, que hubiéramos acabado dando unos pasos de baile, lento, esos sí.

En estos momentos la sensación en la cara ya no es como si fuera la del amigo Fats, ahorta estamos, digamos, como la de Chuck Berry cantando Johhny B. Good o sea, algo mejor.

Pero empieza el dolor que atajaremos con algo de amoxicilina y un par de canciertos de Elvis cada ocho horas.

Soy consciente ahora de que mi cuerpo es algo más valioso. El precio de los tornillos así lo certifica.

 

Graceland no es un lugar

A todos los que no me entendéis; a  los que no habéis entendido nunca porqué se me eriza la piel oyendo a Elvis.

No, Graceland no es un lugar, como tampoco lo son Shangri-La, Innisfree o el hogar.

Graceland es como una cosa que entra por el pescuezo y bordeando las orejas y sus lóbulos te baja hacia los pies hinchando, a su paso, cada poro y cada centímetro de una erizada sensación de felicidad.

Que digo yo que Graceland debe ser algo parecido a lo que siente la cuerda de su guitarra cuando, traste a traste, el amigo James Burton le acaricia un Johnny B. Good sin contemplaciones. O lo que les pasa por la cabeza a las teclas del piano de Glenn D. Hardin cuando a éste se le ocurre un solo de Heartbreak hotel así, sin avisar.

Eso sí. No hay nada comparable a ese Graceland en el que todos los relojes y, por tanto todos los corazones suenan al solo de Ronnie Tutt. Esa provocación. Ese preaviso de felicidad, ese “atentos chavales que viene lo bueno” que suena exactamente igual que lo hizo todo mi yo justo antes del primer beso de amor. Tremendo plagio, Ronnie.

Graceland es esa comunión de abrazos y canciones a coro, todo al mismo tiempo, canción y abrazo, al oído o a pecho descubierto, casi confundiéndose todo, casi dejando de ser canción por querer ser abrazo y viceversa.

Pues eso, que en Zaragoza nos marcamos unos gracelands este fin de semana, así, uno detrás de otro, pam, pam, al pecho, pam, pam al último recoveco. Así que a estas alturas todavía estamos de resacón tremendo de gracelands, de subidón de felicidad comparable, quizás, a esa ingravidez del astronauta antes de un alucinaje.

Ahora, mientras el vinilo marca esa marejadilla de ondas que provoca su girar, suena, de nuevo y como por arte de magia un “Blue Moon” que convierte mi habitación en un pequeño Graceland; en el saloncito de estar de la casa de las columnas al fondo del Elvis Blvd. ¡Esto si es Graceland!, Esto si es un graceland de lujo,chaval.

Que me perdonen Sulvia, Myrna y Estelle, los Blackwood, Moscheo y esa compañía de voces a la que Dios en persona les encargó crear su banda sonora. Que me perdonen, digo, pero no hay registrado en los anales de la música semejante coro, semejante acompañamiento vocal y gestual, musico-sensitivo que un buen Graceland improvisado en La Caverna a las tres de la mañana de un domingo (gracias Eva).

Pero ¿Quién dijo que Elvis nunca había estado en España? Algún incauto, seguro. Y es que cada vez, cada vez que Joaquin, Eduardo, Juanjo y Teresa se lo proponen, hacen ¡zas! y aparece el mismo Elvis en persona, diciendo eso de “What now, my love” y ya, como provocando la ira de los sordos, “Play it James…” eso si que es un Graceland de los buenos, de los de mayúsculas.

Podrás viajar a la casa de Memphis, visitar mis habitaciones, acariciar furtivamente mi piano, mirarte en los espejos donde yo me miré pero nunca, nunca, estarás en Graceland, el de verdad, hasta que indiferente al tiempo y al mundo exterior, te aferres al compañero de al lado y al rítmico vaiven gritéis enamorados de la vida ese “The wonder of you” que hace infinita la u y tremendamente suelta la lágrima.

¿Que qué es Graceland?

¿Y vosotros me lo preguntáis?

 

 

Nota:

Podría haber dicho “Gracias” pero me hubiera quedado algo corto.